Miguel Contissa

…uno más de la diáspora peronista…

PERONISMO: ¿Eje de un Movimiento de Liberación…

Posted by Miguel Contissa en junio 22, 2007


Por Miguel Contissa

20 de Febrero de 2004

miguel@contissa.com.ar
 

PRIMERA PARTE

INTRODUCCIÓN

Abordar el análisis político y social del peronismo como sujeto histórico y columna central del Movimiento Nacional fuera de la dialéctica Centro-Periferia, constituye de por sí, el clásico error de quienes se sumieron en esa aventura filosófica. El resultado se presentará entonces como una recurrente y envejecida incomprensión de lo que representa, dentro de la historia de nuestro país, ese importante fenómeno social, político y cultural. Esta incomprensión tiene dos componentes: la formación eurocentrista que recibieron en las universidades, tanto nuestros intelectuales como los del Primer Mundo, y la deformación u ocultamiento de la verdadera historia de nuestros países por parte de los ganadores en la Batalla de Pavón. Irremediablemente esa “eurovisión” de nuestro pasado y la información defectuosa de los procesos históricos, los conduce faliblemente a medir al mundo periférico con la rígida vara de los países centrales, en los que se desarrolla un “régimen exportable de partidos políticos” como eje exclusivo de la democracia del sistema económico capitalista. Desde esa plataforma conceptual, construyen con audacia todo un modelo universal. Obviamente, desde esa óptica “racional” y “científica” es improbable que pueda encontrarse en nuestra región otra cosa que no sea contradicción e irracionalidad.

De ahí que no sea aconsejable para quien pretenda acercarse a ese sujeto de la historia, a esa construcción histórico política que es el peronismo, revelarlo a través de aquellos intérpretes como los “Sebrelli”, los “Gino Germani”, los “Borges”, los “Antonio –Toni- Negry”, los “Sidicaro”, etc. ya que el resultado termina siendo previsible: incomprensión y consiguiente negación. Es más, cada una de sus visiones de “nuestro mundo”, es un refritado de lo anterior.

Los mejores acercamientos provienen de intelectuales que compartieron, que co-sintieron lo mismo que los sectores populares que adhirieron al Movimiento. De ellos podremos extraer mejores resultados, pues se caracterizaron por no extrapolar del sujeto histórico una de sus facultades como es la del “sentimiento-pasión” que, junto a la “razón” configuran su totalidad. Me refiero a Raúl Scalabrini Ortiz, Arturo Jauretche, J. J. Hernández Arregui, J. A. Ramos, Roberto Carri, entre tantos, que impidieron que el engaño o autoengaño propio del “intelectual puro” los llevara, al decir de R. Dri, a “posiciones aventureras o al ponciopilatismo, es decir, lavarse las manos frente a acontecimientos políticos en los que se juegan valores fundamentales del ser humano como la libertad, la vida, la dignidad y la justicia.”

José Pablo Feinmann solía decir que “el peronismo debe entenderse desde el peronismo”, lo que implica para quien se aliente en esa “aventura”, tener impresa una necesaria pertenencia conciente y pro activa al Movimiento Nacional dentro del cual, el peronismo, interactúa como su columna vertebral junto a otros sectores políticos, sociales, y económicos de la comunidad. Tampoco es prudente trajinarlo sin olvidar la noción de “dependencia”, ya que la misma constituye la raíz de todo modelo de dominación no colonial de la periferia. Para aclarar este concepto que difiere de la de necesaria “interdependencia” que los países deben sostener, Fermín Chávez afirma que “un país es dominado cuando su economía está sujeta a reglas de juego que lo colocan en situación de desigualdad con relación a los países o poderes dominantes, de los que recibe presiones que no pueden ser contestadas por contrapresiones de sentido opuesto e igual intensidad. Esto en un orden puramente material. Pero también (y esto es esencial), somos dependientes en sentido cultural, diríamos como una necesidad (de los poderes centrales) anterior al dominio material. Más de uno habrá advertido que hemos entrado a esa esfera que otro de nuestro más lúcidos y eficientes pensadores llamó “colonización pedagógica”.

 

QUÈ ES EL PERONISMO DENTRO DEL MOVIMIENTO NACIONAL

El peronismo no es otra cosa que una ideología que tiene un claro carácter afirmativo antiimperialista y de liberación nacional, con sus tres conocidas banderas: independencia económica, soberanía política y justicia social.

A través de esta sencilla definición, no se intenta polemizar con los que pertenecen a la corriente clásica del pensamiento y que padecen de “malinchismo político o académico”, sino comenzar a desplegar ideas, conceptos, intenciones, sueños, utopías entre todos aquellos que, como decía, suponen y anhelan un destino distinto al que nos encamina el sistema capitalista de dominación y que concluye inexorablemente en la miseria y hambre de los Pueblos. Por ello, es preciso y urgente encontrarnos y re-conocer el origen de este fenómeno, sus causas y el futuro que propone a la Comunidad.

Lo que plantea Feinmann, -discutir sobre peronismo desde el interior de la frontera de una ideología nacional-, tiene que ver con la economía del tiempo y del esfuerzo, para evitar que se sumen al proyecto quienes no estén dispuestos a compartir sus principios, quienes defiendan otros intereses, o adhieran conciente o inconscientemente al poder de dominación colectivo de la triada EE. UU., Europa y Japón.

Retrotrayendo la mirada en el proceso histórico nacional, vemos que el peronismo se acuña en el momento en que las ideologías nutrían, al decir del filósofo y ensayista Jorge Bolívar, las formas de organización de los Estados y las formas jurídicas que regían a las sociedades. Se presentaban como sus utopías, como sus cosmovisiones políticas. Fue así que las dos guerras potenciaron a los Estados nacionales hasta convertirlos en verdaderos “sujetos históricos” del momento, aún por encima de las correspondientes burguesías y proletariados, lo que demuestra esta praxis una verdadera contradicción tanto para la ideología liberal como para la marxista que aspiraban a minimizarlo o abolirlo.
El fin de la Segunda Guerra marcó el comienzo de un mundo bipolar como resultado del acuerdo de Yalta: de un lado, el Primer mundo con EE.UU. y Europa Oriental; del otro el Segundo Mundo con la Unión Soviética, Europa Oriental y China. Dos modelos en pugna: Estados nacionales con medios de producción en general privados y Estados nacionales con medios de producción estatales. Dos ideologías: la capitalista y la comunista. Las dos dejaron atrás la abstracción para pasar a componer, a estructurar dos sistemas económicos de producción, que a su vez, servían de soporte a los respectivas burguesías o a sus “burocracias” que controlaban a sus estados. También las dos llevaron adelante un proceso de expansión imperialista sobre el resto del mundo.

Es en ese marco, en el que los países periféricos que no querían integrar aquel universo bipolar (especialmente el nuestro, razón de nuestros desvelos), deben enfrentar la realidad histórica que definiría su futuro como comunidad: integrarse a cualquiera de los bloques como satélites y padecer las consecuencias económicas, políticas y sociales de esa dependencia y de esas ideologías de extremas o, afirmarse en un proceso de liberación nacional con aspiraciones originarias como corresponde a todo Pueblo que quiere ser verdaderamente Libre. Argentina, con Perón como conductor y con el apoyo de la inmensa mayoría del Pueblo, eligió la segunda alternativa enarbolando la filosofía de la Tercera Posición que, luego en 1955 en la Conferencia de Bandung y mientras en nuestro país se preparaba su derrocamiento, sería reconocida y adoptada en la creación del Movimiento de Países No Alineados como nueva perspectiva ideológica. La economía política concebida y en algunos casos ejecutada por aquellos países suscriptores, no fue otra cosa que el resultado de importantes movimientos sociales que se levantaban contra la lógica de la expansión capitalista y tenían como objetivo esencial el construir un sistema productivo nacional moderno y autocerrado que concluyeron, obviamente, chocando contra las fuerzas hostiles del capitalismo dominante.
Hoy, mediante la utilización de sus “comunicadores” serviles y gustosos de las “relaciones carnales”, esas fuerzas de la ideología hegemónica sigue recusando como ayer cualquier intento de “desconexión”, toda posibilidad de construcción nacional. Para la vulgata neoliberal, cualquier política proteccionista que signifique privilegiar el interés nacional será “regresiva” o “nostalgias de un pasado perimido”.
En consecuencia y volviendo al comienzo de este segmento, para Sebrelli, que decía hace treinta años que “el peronismo es un deseo imaginario”, o para aquellos que aún hoy se siguen preguntando qué es el peronismo, es oportuno reiterar que no es otra cosa que una ideología que tiene un claro carácter afirmativo antiimperialista, de liberación nacional, con sus tres banderas: independencia económica, soberanía política y justicia social.

En la próxima entrega, se hará referencia a la Ideología dentro del Movimiento Nacional, justo en el momento que desde el núcleo del Poder se nos invita a suponer que “la historia ha muerto”, llegó el “fin de las ideologías”, en consecuencia, arriemos las banderas…

 

II PARTE

LA IDEOLOGÍA DENTRO DEL MOVIMIENTO NACIONAL

El capitalismo, como sistema hegemónico, bajo ningún concepto es el fin de la historia. Tampoco una etapa insuperable de la visión de futuro. Existen demasiadas evidencias sobre su avanzado estado de senilidad. Ni siquiera el uso de la fuerza como método de sujeción al sistema imperial, es suficiente para revitalizarlo ya que se auto expone como siempre, a su propia lógica de destrucción. El derrumbe de las famosas Torres de Nueva York, que se erguían majestuosas e imponentes en el suelo norteamericano, fue además del símbolo fálico del capitalismo financiero y económico del mundo, la muestra más elocuente y asombrosa de la debilidad que durante decenios ocultó el país mejor preparado técnicamente para la guerra fronteras afuera de su territorio.

En la periferia, los argentinos también tuvimos la oportunidad de ver otro signo del derrumbe del sistema neoliberal capitalista que, al igual que las Torres Gemelas, dejaron sólo escombros sobre el suelo nacional: fue la caída del gobierno del ex Presidente De La Rúa, continuador consecuente de la nefasta política iniciada por el menemismo. Aquel menemismo que sumado a la vulgata neoliberal conservadora, pronosticaba el “fin de la historia”, el “fin de las ideologías”.

Es necesario entonces reinstalar la “discusión sobre ideología” dentro del Movimiento Nacional. Para enriquecerlo y fortalecernos internamente antes que batallar fuera del mismo.

Pero, ¿qué entendemos cuando usamos el término “ideología” dentro de los países del Tercer Mundo? Ciertamente, el peronismo, ¿es una ideología?

Como afirma Mario Casalla, Doctor en filosofía de la UBA, “curiosamente, hablamos de “ideología” cuando nos encontramos atravesando un ciclo histórico que se autoproclama como el “fin de las ideologías”. Se trata por cierto de un eslogan que –superficialmente entendido- suele presentarse a conclusiones equivocadas y erráticas, las cuales no hacen sino agravar más aún la crisis.”
En realidad, este eslogan tiene inicios allá por los años sesenta, cuando integrantes de la “Escuela de Frankfurt” como Theodor W. Adorno y Max Horkheimer, comienzan a considerar al término “ideología” como algo poco preciso debido a su vulgarización dentro de las naciones desarrolladas. No obstante, esa afirmación no puede trasladarse sin tropiezos a los países de la periferia, porque en ellos, más bien puede alegarse lo contrario.

Está claro entonces que aquella afirmación provenía del núcleo de las zonas centrales del poder y que estaban apoyadas en explicaciones no científicas de la realidad y conectadas, antes que con la verdad objetiva, con un “programa” que tiene que ver más con la dominación que con la liberación del Hombre. Es desde ese mismo núcleo desde donde algunos intelectuales constantemente elaboran explicaciones de todo el universo social, atreviéndose incluso a realizar su programación “racional”, es decir, eliminando los caminos erróneos que nacen de la libertad humana y concluyen en el caos. Por lo tanto y desde esa posición, para ellos el Tercer Mundo no es “racional” ya que no se ajusta a la razón científica del capitalismo, como tampoco a la razón histórica del marxismo. Derivado de ello, muchos marxistas enmudecen ante un militar como Perón cuando conduce una reforma social y política en un país distante, periférico.
Desde otro ángulo de análisis como es el cultural, el Profesor de postgrado en Universidades Nacionales Adolfo Sequiero, nos propone un “alivio” para esta tarea de encontrar el marco ideológico del peronismo, tal vez apoyándose en lo esquivo que fue el mismo General Perón cada vez que abordaba este asunto en los años ‘50: “…El peronismo puede ser reconocido –en el marco descripto- como una construcción socio-política emergente de la necesidad de conformar instrumentos para el tránsito histórico más adecuado a los dictados de época. Conviene entonces librarlo de la condición de ideología, que nunca quiso asumir, y comenzar a tratarlo como la expresión actual (y todo parecería indicar que la más pertinente) de fondo cultural iberoamericano, con la particular ventaja de haber tenido el proceso de mestización más equilibrado de toda la ecúmene”. No obstante esta tentadora oferta, será importante avanzar en el análisis, ya que sobre el final de su vida el propio Perón en su “Proyecto Nacional” nos invita a desarrollar una ideología nacional a partir de nuestros propios valores para evitar la “importación” de modelos ajenos a nuestras aspiraciones.
Volviendo al Dr. en Filosofía Mario Casalla, nos dice que “…Para algunos, la ideología es el pensamiento encarnado en la vida, en las sensaciones, y su fin último es esencialmente práctico (en este sentido, ideología se opone a saber abstracto o a doctrinas inmutables). Para otros, en cambio, la ideología es el enmascaramiento de la realidad, su visión deformada que impide la acción verdadera (en este caso, ideología suele oponerse a ciencia)”. En la primera línea está el mismo Desttut de Tracy, quien recoge la tradición antinapoleónica que viene en lo inmediato de Condillac y, más atrás, de Bacon, Locke y Hume, y es también una reacción contra el trascendentalismo kantiano. En la segunda línea, están Hegel y Marx y, de otra manera, Schopenhauer y Nietzsche.

“…Para Desttut de Tracy, “pensar es sentir una sensación. Pensar es siempre sentir”. A la fórmula cartesiana (“pienso, luego existo”), opone otra: “siento, luego existo”…”

“…para Hegel, en cambio, la idea nace fuera del mundo de la vida y debe llegar a reencontrarse con él …(a través) del arte, primero; la religión, más tarde y, en su momento culminante, la filosofía…” “…las ideologías son para Hegel, formas de la “conciencia desgarrada” (desdichada), productos necesarios de una separación de lo real y preludios dialécticos de su breve encuentro.”
Y el Dr. Casalla concluye preguntándose: “…¿de qué hablamos propiamente cuando hablamos de “ideología”?. El término dista mucho de ser unívoco, aun en el pequeño sumario que hemos realizado. Las dos filiaciones descriptas implican diferencias notorias. ¿Nos referimos a ese pensamiento ligado a lo real, o a la sensación que proclama Desttut? ¿O acaso hablamos de ese “enmascaramiento” que denunciaran –desde diferentes posturas- Hegel y Nietzsche?. (por eso) cuando se expresa el fin de las ideologías, ¿por cuál de las dos filiaciones del término nos decidimos? Atención, en un caso estaríamos proclamando la muerte del pensamiento político y en el otro, su resurrección. ¿O acaso nos da lo mismo embrollar una cosa con la otra, porque de lo que en verdad se trata es de referirnos a una tercera, que queda como en sordina?. Llegar al fondo de la cuestión implica aceptar el debate siempre abierto de la conexión entre el pensamiento y la realidad –entre el ser y el pensar-, en cuyo marco la cuestión de las ideologías toma peso ontológico. Es necesario volver a plantear, situadamente, una filosofía de la praxis acorde con nuestras circunstancias. Caso contrario, seguiremos alimentando un juego en sí mismo estéril, pero peligroso por sus equívocos y consecuencias sociales.”

En el marco democrático en que se desenvuelve la historia de los distintos países Sudamericanos y a sabiendas de las dificultades con las que tropiezan recurrentemente, no pueden existir dudas: debemos retomar la vieja tradición americana.
Nuestro pasado, a diferencia de de la América sajona o portuguesa, está colmado de intelectuales y pensadores que supieron dar marco ideológico a la liberación de España. Así, el Siglo XIX contó con ideólogos que se destacaron en la Revolución de Mayo. Cada Caudillo que abrazó la causa de nuestra Sudamérica, supo contar a su lado con un “ideólogo”. Monteagudo es la figura que supo transmitir a Libertadores como San Martín y Bolívar sus ideales emancipadores. Ya en el siglo XX, tanto el radicalismo como el peronismo contaron con fuerza ideológica suficiente como para enfrentar a la ideología de la dominación. Resumiendo: siempre en Sudamérica existió ideología. Sirvió como escudo contra las presiones del “orden establecido”, de allí que fueran consideradas peligrosas en diversas etapas de nuestra historia.

El General Perón expresaba así su concepto de Ideología en su “Proyecto Nacional”: “Nuestra Patria necesita imperiosamente una ideología creativa que marque con claridad el rumbo a seguir y una Doctrina que sistematice los principios fundamentales de esa ideología. Para ello debemos tener en cuenta que la conformación ideológica de un país proviene de la adopción de una ideología foránea o de su propia creación. Con respecto a la importación de ideologías –directamente o adecuándolas- se alimenta un vicio de origen y es insuficiente para satisfacer las necesidades espirituales de nuestro Pueblo y del país como unidad jurídicamente constituida. El mundo nos ha ofrecido dos posibilidades extremas: el capitalismo y el comunismo. Interpreto que ambas carecen de los valore sustanciales que permiten concebirlas como únicas alternativas histórico-políticas. Paralelamente, la concepción cristiana presenta otra posibilidad, pero sin una versión política, suficiente para el ejercicio efectivo del gobierno. Los argentinos tenemos una larga experiencia en esto de importar ideologías, ya sea en forma total o parcial. Es contra esta actitud que ha debido enfrentarse permanentemente nuestra conciencia. Las bases fértiles para la concepción de una ideología nacional coherente con nuestro espíritu argentino has surgido del mismo seno de nuestra Patria”
Más adelante agrega: “El Modelo Argentino” no quiere ser otra cosa que la expresión representativa y la síntesis prospectiva de una ideología y una doctrina nacionales”

Respondiendo positivamente a la propuesta del Dr. Mario Casalla en cuanto a su idea de volver a plantear una filosofía de la praxis acorde con nuestras circunstancias, se puede afirmar que el peronismo cuenta con bases filosóficas y experiencia de vida suficiente como para configurar una ideología nacional que dé sentido a un proyecto común. Esas bases filosóficas conforman un sistema de pensamientos con sus valores y categorías, con una concepción del Hombre, de la Familia, del Estado, de la Economía, de la Justicia, del Trabajo y de la Organización social y Política del Pueblo que le son propios, que surgen de la experiencia ganada tanto cuando ejerció el gobierno del Estado Argentino como cuando tuvo que padecer la proscripción y persecución. Experiencias que, lejos de dar lugar a la revancha se convirtieron en capital inspirador del Modelo Argentino que Perón propone en 1974.

La actual situación de senilidad del sistema capitalista (no obstante el “viagra” que representa el neoliberalismo) y la abrupta caída del comunismo en la década pasada, fruto ambos procesos de sus propias contradicciones, facilita la revalorización del planteo de la Tercera Posición enarbolado por el peronismo con tanta claridad en los años cincuenta. Esto no significará encontrar un punto intermedio entre ambos procesos históricos, sino levantar la ideología y doctrina que proponen un destino diferente a los Hombres; un destino libre de toda forma de dominación imperial provenga de donde proviniere; un destino en el que el Hombre no sea esclavo del Hombre ni una mercancía del mercado. Lejos del individualismo egoísta y del colectivismo insectificante. Libre de las cadenas que lo atan a las cosas materiales que limitan su libertad. Un Hombre que busque la hermandad universal en paz y con armonía en el inexorable proceso histórico hacia el que se dirige la humanidad.

Bajo esta perspectiva, nos queda abordar la última parte que incluye dos segmentos: Movimiento y Partidos como sujetos históricos y Presente y Futuro del Movimiento Nacional.

 

ÚLTIMA PARTE

MOVIMIENTO Y PARTIDO COMO SUJETOS HISTÓRICOS

Nuestros países, al dar comienzo a su organización social y política, sólo atinaron a adoptar el mismo esquema que ya se comenzaba a desarrollar en los países centrales: el de la representación de los intereses sectoriales a través de partidos políticos. Como otras “importaciones directas”, venía con características ajenas a la realidad local, lo que dificultaba la relación entre representantes y representados, entre presente y futuro.

El partido político moderno y sus características de alto nivel organizativo y visión totalizadora de la estructura social, aparece en realidad en los “partidos obreros” británicos, ya que los “partidos clásicos” de ese país como el “whigs” (liberales) y el “tories” (conservadores), tenían como función central el brindar opinión sobre diferentes aspectos del sistema, a favor o en contra, pero nunca cuestionándolo, habida cuenta que los que opinaban eran los “propietarios privados” que, razonablemente, preferían sostener el status quo. Por el contrario, el sector “dependiente” (obreros en general), que sólo conocía la asociación sindical, incorpora un nivel organizativo diferente desde lo cualitativo con relación a los anteriores. Éstos sí, y como consecuencia del enfrentamiento en el plano teórico por esa correspondencia de privilegio entre propiedad privada y racionalidad política, incorporará una nueva visión del sistema social que, lejos de emitir opiniones sobre el mismo, intentará modificarlo críticamente. No obstante, es importante destacar que su derecho a asociación y libertad es en realidad, antes que una “conquista” como clase, una concesión del Estado Representativo hacia todas las personas jurídicas a fin de incorporar las expresiones de la clase obrera a la democracia burguesa.

A diferencia de lo que sucedía en Europa, los trabajadores argentinos no contaban con una estructura organizativa política que representara fielmente sus intereses de clase en el momento en que aparece Perón. Por caso, como “partido político obrero”, el Partido Comunista podría haberse convertido en un representante legítimo de los trabajadores dentro del esquema liberal burgués, pero su “dependencia ideológica” fue excluyente y sólo atinó a importar experiencias europeas irreproducibles de modo lineal en economías periféricas. Ésta, y no otra, es la razón de su falta de adhesión, de inserción en la clase trabajadora argentina. Como dolido reflejo, su odio profundo a quien supo interpretarla y conducirla.

Es cierto, el proletariado argentino no se organizó “democráticamente” en un partido “político obrero” de acuerdo a la clásica prescripción liberal eurocéntrica. Simplemente eligió a Perón. No obstante, no convalida la calificación gratuita de “irracional” que proviene de intelectuales del tipo “germanianos”. Tampoco invita a suponer que la carencia de una estructura política propia como clase, impedía la existencia de conciencia política como tal. Fue esa misma conciencia política que hizo que se hablara de “movimiento” antes que de “partido”, ya que como país dependiente y en la dialéctica “centro-periferia” es necesario dotar de criterio político a la unidad y organización.

En nuestro país, antes que la experiencia peronista, existió la acometida por el Irigoyenismo que, tras una ardua tarea, intentó aglutinar dentro del “Partido Radical” además de los gauchos, trabajadores rurales y desposeídos, también a los inmigrantes recién arribados a nuestro país. Desde luego no fue fácil conducir esa corriente política que desbordaba los límites del parlamentarismo dominante. Es por ese desborde que, antes que partidos, representaron tanto el irigoyenismo como el peronismo, verdaderos “movimientos nacionales” que alcanzaron su organización no mediante el diseño de un “partido” sino a través de la fidelidad a una persona: su Líder. Y aquí, con la aparición del “caudillo”, del “líder”, asoma el nudo “irracional” que no logra desatar el pensamiento eurocéntrico impidiéndoles la correcta lectura de la realidad política y social de nuestro país.

Yendo a la cercanía “partido – movimiento”, en la praxis y desde el punto de vista de la organización y teniendo en cuenta la contradicción principal (Nación/imperio), el “movimiento” tiene como ventaja comparativa frente al “partido político obrero” de la democracia burguesa, una mayor dinámica, permitiéndole cobijar en su estructura a todos los sectores afectados por el poder de dominación y que comparten la idea de movilizarse tras la esperanza que ofrece un Proyecto Nacional.

En aquel esquema de hierro impuesto a través del sistema electoral vigente, es posible que el “movimiento” necesite un “partido político” como herramienta en tiempos de elecciones, pero es preciso aclarar que éste último tendrá relevancia siempre y cuando el movimiento logre impregnarlo de los contenidos populares que le deposita el Pueblo. Así sucedió con el Partido Laborista que utilizó Perón para acceder con el aplastante voto popular a su primera presidencia. Así lo entendió el que se sentía peronista durante las décadas transcurridas desde el 17 de Octubre, el ejercicio del gobierno y luego la proscripción y persecución.

 

EL PRESENTE Y FUTURO DEL MOVIMIENTO NACIONAL

Si bien la realidad de los últimos años mostró una inversión conceptual relativa al rol del “Partido” para el actor principal del Movimiento Nacional como es el peronismo, es necesario y urgente volver al concepto original y revitalizarlo. En esa acción deben estar presentes todos aquellos sectores políticos, sociales, económicos, culturales y militares que comprendan que la única salida hacia una Comunidad Organizada está en la elaboración y puesta en marcha del Proyecto Nacional. El momento histórico que vive nuestro país en particular y Sudamérica en general, hace que el peronismo tenga una misión trascendental a la vez que indelegable e inexcusable: articular ese Movimiento Nacional para reconstruir un sistema que evite la polarización y la alienación economicista que sólo conduce a la destrucción de la Humanidad. Para ello debe rescatar de la historia política argentina la vivencia sufrida por el irigoyenismo cuando fuera disecado por el “alvearismo” que convirtió a ese movimiento en un cuerpo sin alma y al servicio de las fuerzas conservadoras que respondían al sistema imperial. Esta experiencia debe permanecer por siempre en la memoria colectiva del Movimiento, porque cuando la memoria se pierde, es el sujeto el que se pierde transformándose en objeto histórico.

En función de aquella lección, el Movimiento Nacional no puede perdonar la traición propinada al Pueblo por parte del menemismo, ni disimular su presencia dentro de sus filas. El presente económico, social y político es por demás elocuente sobre las consecuencias que acarrea su tolerancia. Que quede absolutamente claro: lo que hizo Menem luego de utilizar cínicamente el voto de la inmensa mayoría del Pueblo, NO ES PERONISMO. Es exactamente lo contrario como principio ideológico. Es conservadurismo. Es lo que el Pueblo no votó.

En estos días, el presidente Kirchner en función de su liderazgo indiscutido, tiene la enorme tarea de recrear al MOVIMIENTO NACIONAL. También el de encontrarle la verdadera dimensión al Partido Justicialista para que no vuelva a repetir el error de los últimos 20 años que resultó funcional al sistema: desmovilizar y vaciar de contenido político al Pueblo organizado.
Todos los sectores políticos y sociales de la vida nacional, deben tener presente que la realidad histórica, el sujeto histórico es el Movimiento Nacional y no el “partido”. Este último es instrumento de la vida movimientista.

Por ello, quienes desde otras corrientes del campo popular y nacional quieran acompañar, deberán saber que lo prudente no es incorporarle a este sujeto indiscutido nuevos eslóganes o rótulos, como si se tratara de un concurso político semántico. Cuenta, gracias a la participación y aporte del Pueblo, con una ideología de liberación que puede enfrentar con éxito a la ideología de la fuerza de dominación. Tampoco el Movimiento es una escalera para trepadores profesionales de la política que sólo buscan ocupar cargos por simple banalidad. Concretamente: el peronismo no puede perder, en términos gramscianos, su rol hegemónico. En términos peronistas, debe conducir. Los que adhieran, comprenderán que no es otra cosa que simple relación de fuerzas. Si no lo entienden, sabremos que sus objetivos no se ajustaban al Proyecto Nacional. Es simple.

Hoy más que nunca, debe encontrar unidos a todos los sectores populares para llevar adelante un nuevo proceso histórico que revestirá características de “Segunda Guerra de Independencia”.

Resumiendo: el “Movimiento” no necesita sinónimos. Necesita compromiso de quienes estén compartiendo su ideología que siempre fue esencialmente “transversal” y “horizontal” porque nació del Pueblo.

Que cada argentino sepa ocupar su lugar.

Febrero de 2004

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2 comentarios to “PERONISMO: ¿Eje de un Movimiento de Liberación…”

  1. […] (1) Al respecto, ver de mi autoría https://miguelcontissa.wordpress.com/2007/06/22/1-peronismo-%c2%bfeje-de-un-movimiento-de-liberacion/ […]

  2. carlos alberto marasco said

    tal cual Miguel, tal cual….

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