Miguel Contissa

…uno más de la diáspora peronista…

EL APOYO POLÍTICO DESCENDENTE

Posted by Miguel Contissa en junio 23, 2007


Por Miguel Contissa
miguel@contissa.com.ar

Cualquiera de nosotros tuvo la ocasión de leer en castigados paredones urbanos afirmaciones como estas: “Pepe, el concejal del Intendente José”; o esta otra: “Tito, el diputado del gobernador Plaza”; y cuando no: “Miguel, el gobernador de Néstor Kirchner” (en este caso, no me pregunte a cuál “Miguel” puede referirse. Yo, seguro que no soy).

Claro, seguir en escala ascendente de pertenencias y apoyos derivados para cuando uno pretende un cargo político para conducir la administración del estado, puede transferirnos directamente a Dios, por lo que puede inferirse que la “teoría del poder descendente” aún sigue vigente.

La teoría descendente del poder

Como todos saben, “la teoría descendente” de gobierno halló en el imperio bizantino su manifestación práctica: cada funcionario, de cualquier rango, tenía con el emperador la misma relación que éste con Dios y Dios era el que otorgaba el poder al emperador, quien a su vez, estaba por encima de los súbditos y no les debía rendir cuentas. Es decir, verticalismo puro. La doctrina oficial de entonces, era una amalgama del ideal cristiano, concepciones helenísticas y, por encima de todo, orientales. Su pleno auge se alcanza bien entrado el siglo IV, tras el traslado de la capital a Constantinopla por el emperador Constantino y duró hasta el siglo VI. Así, la “voluntad del príncipe” (no el consentimiento de los súbditos) era la materia prima de las leyes imperiales. Más tarde y llegada la monarquía, si bien se disoció ese vínculo entre el poder de la teología y el poder secular, lo difícil de cortar fue la conexión del rey con Dios como proveedor de derecho para el ejercicio del poder. Es a partir de la modernidad y la aparición de la burguesía que se le fue quitando lentamente a la nobleza en nombre de “el Pueblo” esa prerrogativa, estableciéndose en consecuencia una modalidad distinta: el poder para gobernar, ya no vendría del cielo. Tendrá origen en el Pueblo y él será quien lo otorgue.

Este recorrido que incluye un cambio sustancial en la concepción y ejercicio del poder hasta llegar a los sistemas democráticos actuales, estuvo jalonado de enormes tensiones y luchas cruentas que, por ser conocidas, me eximen de comentarlas.

En buena parte de lo que podemos considerar “democracia burguesa” con la división en sus tres poderes, la intermediación del ciudadano con el gobierno se realiza a través de la figura del “representante” que se elije mediante elecciones. Por lo tanto, el título de “representante” lo otorga el Pueblo que lo transfiere y legitima a través del acto eleccionario. Las constituciones occidentales, en su mayoría, señalan que sólo estos representantes del poder soberano son los autorizados para deliberar y gobernar. Obviamente, ninguno de ellos esgrime otra representación que la obtenida mediante estas reglas. Tampoco intenta si no quiere aparecer como un anacrónico, invertir la teoría que, de “descendente” se fue convirtiendo y según lo expresado, en “ascendente”.

Buscando la bendición

Por lo tanto, la pregunta que hoy nos hacemos es: ¿cuál es la razón de este anacronismo político? ¿Por qué ahora todos los candidatos políticos quieren ser “bendecidos” por una instancia superior, si es posible, nacional, internacional e interplanetaria? ¿Por qué necesitan la “voluntad del príncipe”?

El sistema político argentino, se fue perfilando desde comienzos del siglo XX atravesando distintas etapas. Algunas democráticas y otras mediante repugnantes dictaduras. Fue en este siglo cuando tuvieron lugar las más importantes conquistas sociales y políticas. Fue en él cuando las masas populares hicieron valer su conciencia política y lucharon para alcanzar mayor justicia social. Fue el momento en el que el representante político de ese pueblo, verdadera y efectivamente “representaba”. Por otro lado, el representante estaba contenido en un proyecto de liberación que, obviamente, tenía conducción orgánica, y esa conducción, a su vez, estaba en estrecho vínculo con las bases, cerrando así un círculo virtuoso.

Durante los años trágicos de las distintas dictaduras y mientras se llevaba adelante el proceso de “resistencia” popular, la falta de funcionamiento orgánico de vastos sectores sociales como consecuencia de la proscripción, persecución y muerte de muchos militantes y dirigentes políticos, impuso una modalidad distinta. Las órdenes políticas se impartían desde un punto estratégico y los cuadros activos debían obedecerlas, pues el objetivo buscado era volver al ejercicio de la democracia. Dentro de la esfera del peronismo, éste fue el período del “verticalismo”, en el que por razones obvias no era conveniente discutir democráticamente en medio de la lucha.

Cuando se superó esa situación y el pueblo pudo volver a ejercer su poder democráticamente, el conductor natural del peronismo sugirió para el futuro un método distinto para alcanzar la conducción y ejercicio del poder político: la democracia. “Mi único heredero es el pueblo” dijo antes de morir, cerrando de esta manera un estilo de conducción verticalista, puesto que el pueblo sólo podrá organizarse y expresarse mediante el sistema democrático legitimando así cualquier candidatura.

Se abre la brecha

La defección en la que entró parte de la dirigencia política durante los años 80’ y 90’ fue la causa por la que el pueblo, la masa popular tomó distancia de la misma y comenzó a retacearle apoyo, desdibujando así muy lentamente la necesaria legitimidad del cargo ocupado. Esta crisis de representación alcanzó ribetes insospechados. Alcanzó incluso a los grandes referentes de los distintos partidos políticos. “La gente”, como se suele referir al pueblo, sólo comenzó a conectarse con alguno que otro dirigente de modo “directo” a través de los medios de comunicación. Se puso en práctica un nuevo sistema de relación entre el conductor de un partido y no ya seguidores, sino “la audiencia” que, obviamente, dejó de ser pueblo, masa popular organizada para convertirse en un solitario, aislado y desmovilizado “televidente/oyente”. El apasionado ejercicio político tal como se conoció en décadas anteriores que era el sostén de las aspiraciones sociales, había recibido su acta de defunción.

Tal vez por esa razón los “Pepes”, los “Titos”, los “Miguel” que, percibiendo su desconexión con el pueblo y para mejor captar votos futuros, hoy esgriman supuestos vínculos con dirigentes poderosos. “¡Soy el candidato del gobernador o del presidente!”, dirá cualquiera que se sabe desestimado por la “audiencia”, no apoyado por sus cuerpos orgánicos partidarios o con escasa ascendencia sobre su territorio. Si el mensaje alcanza su objetivo, si penetra en el subconsciente del televidente/oyente, si le creen, evita una elección interna y alcanza su exclusivo propósito personal, reeditando de este modo la “teoría descendente”.

No obstante, para que este método tenga éxito y cierre el círculo vicioso, no basta con el mensaje que alude a una supuesta aprobación superior que disparan los candidatos a la audiencia, sino que hace falta que esa instancia superior (la “voluntad del príncipe”), haciendo uso en este caso de un poder especial no otorgado, efectivamente los “elija”, los “señale” con el dedo índice de modo indubitable en nombre de “su proyecto” que seguramente estará aprobado por Dios. Cuando ese momento llega, al encontrarnos en ese punto, se esfuma el poder popular y se nos anula como organización política y social. También se niega o subestima nuestra conciencia política, pues se nos quita la posibilidad de suponer la existencia y manifestar interés por otro candidato que no sea el “elegido”, habida cuenta que “alguien”, que ostenta “mucho poder” ya decidió por nosotros, pobres mortales ignorantes. Por lo tanto, si la política ya tenía su acta de defunción, este último “acto divino” no es otra cosa que su entierro en nombre de un “proyecto descendente” que el Pueblo debe aceptar para no caer en la antinomia ni aparecer como hereje desquiciado.

Conclusión

Este anacronismo como es el de la bendición de la instancia superior para alcanzar un cargo político, podría ser resuelto siempre y cuando dentro de cada organización social, volvamos a la ideología, a la democracia como estilo integral de vida, al compromiso con la comunidad, al interés por el otro, a la lucha por la liberación del hombre contra las injusticias y, fundamentalmente a la recreación de la organización político partidaria mediante la formación intelectual y técnica de los futuros dirigentes, para que sea el mérito y no la trenza o el dedo el camino. De lo contrario, la brecha entre poder político y poder del pueblo será cada vez mayor. Y en esa situación, no tenga dudas que gana “el mercado” y pierde la comunidad.

Septiembre de 2006

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Una respuesta to “EL APOYO POLÍTICO DESCENDENTE”

  1. Juli said

    Felicitaciones che! “Welcome to the real world” jaja!
    Ahora va tomando forma, imagenes, etc. Ta muy lindo!!!
    Besos

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