Miguel Contissa

…uno más de la diáspora peronista…

Lo estructural de la pobreza

Posted by Miguel Contissa en febrero 15, 2009


Un artículo de Jorge Rachid

Cuando lo invisible se hace visible, como sucede en la tragedia de Tartagal, la vergüenza nos alcanza a todos los argentinos, no por desconocer esa realidad que muchos conocemos desde hace años, sino por no haber sido capaces de modificar una sociedad injusta, en un modelo social solidario como alguna vez vivimos en nuestro país.

 

La pobreza en la Argentina es un fenómeno social novedoso en cuanto a que es pobreza estructural, es decir, aquella que ha quedado anclada generacionalmente en una posición social inamovible, sin otro horizonte que la supervivencia, sin proyectos de vida alternativos ni movilidad social por delante; la integran aquellos compatriotas de sectores arrojados de la pirámide social por la voracidad insaciable del proceso de acumulación de las riquezas, que domina nuestro país en forma ininterrumpida desde 1976 amparados en la cultura neoliberal ahora decadente e instalada a fuerza de sangre y dolor social.

 

Esto hoy es estructural por cuanto las nuevas generaciones fueron creciendo en una cultura individualista, egoísta, del “sálvese quien pueda”; rompiendo los lazos sociales íntimos que supieron dar cobertura a la solidaridad cotidiana y produciendo una diáspora social nunca conocida. Esta realidad no siquiera se presentó en la sociedad argentina ni aún en el mayor proceso de crecimiento demográfico que se vivió en el país, como fue el inmigratorio de principios de siglo, pues se supo absorber las diferencias sociales de los recién llegados, ofreciendo el cuerpo generoso del país “a todos los hombres y mujeres del mundo”, como se proclama en el Preámbulo de la Constitución Nacional.

 

Sin embargo, hoy vemos que los propios argentinos, también “hombres y mujeres” del Preámbulo, se encuentran desposeídos, no obstante haber nacido en esta tierra.

 

Este análisis permite clarificar que la pobreza no es un slogan que pueda ser usado en cualquier campaña electoral, ni que pueda ser representada con un candidato caminando el barro. Tampoco puede ser un discurso confrontativo de una lucha electoral, siempre pequeña, siempre mediocre, que suele utilizar la pobreza como ariete especulativo, conmovedor por su supuesto compromiso con el pueblo. Peor aún cuando en una tragedia como la de Tartagal se llega a criticar y desmerecer la ayuda destinada a paliar el dolor vistiéndola de electoralista, incluida la visita presidencial. Esto representa un verdadero despropósito, sólo producto de la necedad de quienes se creen el ombligo del mundo en su afán oposicionista, sin límites.

 

Así como en la década del 90 la teoría del derrame llamaba al sosiego social porque ya vendrían los beneficios sociales de la acumulación capitalista- financiera, mientras tanto las fábricas cerraban y los desempleados caían en la desesperación, hoy sin dudas, en un país en crecimiento en los últimos años, que ha avanzado ampliando la oferta de empleo, que ha sabido mejorar los condiciones de los trabajadores, que supo dar respuesta puntuales al dolor social, debemos asumir que hay una hipoteca social pendiente y de magnitud mas que considerable.

 

Debemos asumir que ahora derrotar la pobreza estructural no es un problema del ámbito de Desarrollo Social, que puede haber funcionado en la emergencia y debe seguir haciéndolo. Hoy la batalla contra esa pobreza, va desde los cultural a lo sanitario, desde lo educacional a la distribución justa de la riqueza creando un marco de movilidad social, de proyectos de vida, de efectiva presencia del Estado, que hasta ahora formaba parte del “debe” de la agenda oficial.

 

Para eso es necesario que la “pobreza” abandone la agenda electoral y comience a ser una agenda de políticas de Estado, lejos del tironeo prebendario, sin estar sometida al efecto pánico que introducen los profetas de catástrofes deseadas, ni que sean escenario de escarceos tácticos destinados a apagar los fuegos antes que construir realidades. Cuando millones de chicos y adolescentes no tienen proyecto de vida, la vida no vale nada; cuando no tienen compromiso social no son parte de la sociedad; cuando sus familias han sido abandonadas a la mano de Dios, el rencor y la violencia son parte de lo cotidiano. Por eso el Estado es el único garante de impulsar un Modelo Social Solidario, al mismo tiempo que brinda respuestas coyunturales.

 

A quienes defienden sus intereses sectoriales sin importarle el resto de la sociedad; a quienes plantean que no se pueden tocar los impuestos y los gravámenes porque es exacción y luego pregonan la inseguridad creada por la propia disyuntiva riqueza-pobreza, y la carencia de recursos para los hospitales y las escuelas públicas, esos tendrán que aceptar que los recursos del Estado son para esos fines. A quienes aplauden las políticas de mano dura, que sepan que están matando chicos, que las cárceles son sociales, exclusivas del country de la pobreza. A los que apuestan al fracaso y piden “el cambio ya” recuerden los procesos traumáticos en democracia, de abortar continuidades y de dictaduras abortando vidas.

 

Los argentinos en situación de pobreza son el resultado de años de sometimiento a la extorsión económico financiera neoliberal, ejecutada por otros argentinos que han perdido pertenencia e identidad; que tabicaron las bocas y trataron de hacer lo mismo con las mentes a través del discurso único y nuestra famosa entrada heroica al primer mundo, que terminó siendo en la categoría de sirvientes internacionales de los poderosos. Se destruyeron sueños, ilusiones, fuentes de trabajo, sistemas médicos, escuelas públicas ejemplares, posibilidades de investigación y tecnologías de punta que estaban en desarrollo. Se destruyó la autoestima de los argentinos a quienes se les inculcó incapacidad para crecer y protagonizar; de ser y construir nuestro propio destino; siempre mirando obligadamente al llamado “mundo” para encontrar la imagen espejada, como quien necesita mirarse para saber que existe.

 

El peronismo ha sido y debería seguir siendo, mientras así se denomine, el nombre y apellido de la Justicia Social en la Argentina, ya que su compromiso con los humildes, desposeídos y trabajadores fue la base de construcción social, desde lo conceptual, de un modelo de país y un liderazgo que aún sigue dando respuestas a las demandas de la hora.

 

No puede el peronismo ignorar que mientras una sola necesidad persista en nuestro país, hay un derecho por otorgar y mientras no cierren las heridas sociales provocadas por el simplismo codicioso de un país grande en un marco social degradante, no resolveremos la ecuación histórica de las luchas sociales en nuestro país.

 

Así como existe una pugna entre capital e interior, histórica y justa desde el punto de vista de los intereses, también debe existir esa tensión entre la pobreza e indigencia hasta ahora invisibilizadas y los sectores formales de la sociedad, algunos de los cuales se niegan a mirar la solidaridad como un normal quehacer cotidiano, en una comunidad que debe reestablecer sus lazos sociales íntimos.

 

Los argentinos nos debemos la elaboración de políticas sociales activas que contengan planificación estratégica, para el desarrollo de un Modelo social Solidario, con objetivos de corto, mediano y largo plazo.  Que nos permita ir valorando los indicadores de la inversión social en forma sistemática y que al mismo tiempo de dar la respuesta coyuntural, vaya instalando la nueva cultura del trabajo y la solidaridad, como ejes transformadores de la sociedad, que estimulen proyectos de vida a familias de compatriotas que han sido denigradas y expulsadas socialmente.

 

Derrotar la dádiva y el prebendarismo no es fácil. Crear una nueva cultura tampoco lo es. Gestar un nuevo modelo social es proponerse una revolución. Cambiar los actores del poder es muy difícil pero no imposible. Cada cambio es un conflicto. Cada medida un tironeo de intereses. Cada anuncio un cóctel de lobistas del impedir. El envío de una nueva ley al Parlamento un condicionamiento de negociación. Por lo tanto la voluntad debe ser firme y sostenida. Conducir es predicar y predicar es persuadir, pero después es pelear por los intereses de los más débiles y los mas desposeídos, los que no tienen voz, los que sólo aparecen en las tragedias y dejan de ser noticia a los pocos días, de acuerdo al rating. Ese debe ser el compromiso y los argentinos debemos asumirlo para construir la historia entre todos, en una sociedad mas justa, mas libre y mas soberana.

 

CABA , 12 DE FEBRERO DE 2009

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