Miguel Contissa

…uno más de la diáspora peronista…

Sobre “Un país contestario” – una verificación necesaria

Posted by Miguel Contissa en marzo 21, 2010


Por Miguel Contissa
miguel@contissa.com.ar

DIARIO DIGITAL – BARILOCHE

jueves, 28 de octubre de 2004

Días atrás, James Neilson en su habitual columna en el diario regional, publicó una singular nota que tituló “Un país contestatario”. Fiel a su estilo literario e ideológico, incursionó en aspectos sociológicos haciendo consideraciones sobre las “clases medias” y su rol dentro de las distintas sociedades.

La idea es verificar si la opinión de Neilson en cuanto a que las clases medias como él las describe, es decir como sujetos históricos de características “homogéneas”, pueden ser factores decisivos de cambios estructurales. Para ello, será oportuno revisar la opinión de otros pensadores, tanto extranjeros como nacionales, para abonar así, de modo voluntario la discusión que siempre nos merecemos los argentinos y que está referida a “qué somos” y a “qué podemos ser”, no como integrantes de una estrecha “clase social”, sino como partícipes colectivos de una estructura social que busca un destino común.

Diversos pensadores y filósofos desde el siglo XVII y XVIII hicieron importantes aportes relativos a la “dimensión social” y su evolución a partir de la aparición de la crisis generada por la instauración del capitalismo. Por ello, J.C. Portantiero afirma que ya casi pertenece al sentido común definir a la sociología como “ciencia de la crisis”.

La sociología, como campo del conocimiento del mundo occidental referido a las relaciones entre los hombres, es un producto que pertenece al siglo XIX y cuenta con valiosísimos tributos de pensadores que van desde Luois Bonald, Joseph Mestre, Claude Henri de Rouvroy, conde de Saint-Simon, hasta contemporáneos europeos como Habermas, Buckley, Therborn y argentinos como Arturo Jauretche, Rubén Dri, Jorge Bolívar, Mario Casalla, etc. Si bien algunos opinan que esta ciencia tiende por lo general a racionalizar el sistema capitalista, no hay dudas que cuando se aborda el estudio y análisis de las estructuras de clase y las estratificaciones con sentido científico y compromiso, como sugiere P. Bourdieu, es posible encontrar proposiciones más que interesantes; es posible comenzar a localizar las causas que expliquen las razones tanto objetivas como subjetivas de la realidad social.

Adentrándonos un poco más en lo específico y que es medular en la nota de marras, deberíamos aproximarnos aunque sea someramente al concepto de “clase social” y lo que representó para algunos pensadores clásicos. En ese sentido, no es sencillo encontrar claridad en el concepto de “clase” dentro de las teorizaciones de Karl Marx, debido a lo poco preciso de su terminología en este aspecto, ya que, mientras utiliza el término “clase”, no encuentra reparos en utilizar también “estrato” o, cuando no, “estamento”, como si fuesen sinónimos. No obstante, dentro del modelo abstracto marxiano, es posible reconstruir los principales elementos en los que, el eje del sistema, son las relaciones de propiedad de los medios de producción. La “clase” se configuraría entonces, en función de la relación entre diferentes grupos de individuos con los medios de producción y en las que no puede faltar la “división del trabajo”. Es decir, propietarios por un lado, asalariados por otro. De esa manera, quien controla los medios de producción, tendrá también el control político, permitiendo esta división dicotómica de clases, una división tanto de la propiedad como del poder que luego es “legitimado” a través de las libertades políticas. Dentro de este mundo bipolar, de clase dominante y clase dominada, de explotadores y explotados, sólo en algunos casos y de modo circunstancial es posible para Marx la existencia de algún tipo de “clase media” que, de ningún modo podrá constituirse en revolucionaria o “clave del progreso económico y político” como afirma Neilson.

Anthony Giddens, afirma que Max Weber ofrece lo que no existe en Marx: un estudio explícito del concepto de clase. Es más, su análisis refiere a dos aspectos en los que se diferencia del “modelo abstracto” de clases de Marx: uno es la diferenciación entre “clase”, “status” y “partido”; otro que, si bien es dicotómico como en el marxiano, se basa en una concepción pluralista de clases a través de una tipología compleja. Para ello, utiliza el criterio de “propiedad”, dando como resultado a la “clase propietaria” (que incluirá todo tipo de propiedad que va desde la inmueble hasta la posesión de esclavos) y luego, la “clase adquisitiva”. Entre ellas, existen según Weber varios tipos de “clase media” que se encuentran entre los propietarios y la clase adquisitiva.

Rodolfo Satavenhagen, en “Clases sociales y Estratificación”, sostiene que la consideración de las clases como simples estratos o capas estadísticas jerarquizadas, permitió la elaboración de un sinnúmero de esquemas en cuyos extremos se ubican las clases superiores e inferiores, o altas y bajas y que esta forma de analizar una sociedad no hace más que repetir erróneamente el modelo aristotélico de tres clases sociales. La “clase”, observada a partir de su dimensión económica, no es más que un aspecto de la estructura social que, con el avance de la sociedad contemporánea, pierde importancia frente al concepto de “status” como elemento esencial de la estratificación social. Dentro de esa estructura social, existe una dinámica permanente que produce lo que se conoce como “movilidad social” y que está ligada más a la actitud individual que colectiva, demostrando que los sistemas de estratificación no son rígidos, sino que permiten movimientos de un status a otro. No obstante, agrega Satavenhagen que, si bien la estratificación social al dividir la sociedad en grupos, configura una estructura socioeconómica determinada, desde el punto de vista de los intereses de los agrupamientos sociales, solo sirve para consolidar los intereses del estrato superior. Para ello brinda el ejemplo de Sudáfrica, en la que la estratificación por razones étnicas, coloca a los blancos en la cúspide, a los “coloured” (hindúes y mulatos) como “clase media” y a los negros en la base y “en las minas”. Como se observa, aquí es difícil que esta “clase media local” al decir de J. Neilson, “consiga los mismos derechos que sus equivalentes de la triada imperialista constituida por América del Norte, Europa occidental y Japón”.

Se deduce entonces de estos aportes una proposición que ratifica nuestro Arturo Jauretche en “El medio pelo en la sociedad argentina”, que dice que la utilización de la expresión “clase media” resulta sumamente ambigua como categoría analítica, por lo que muchos prefieren un término más genérico como por ejemplo “clases intermedias”, ya que la clase media es una agregación de estratos superpuestos y cambiantes y cuya existencia tendría sus límites superiores en la alta burguesía y hasta en la aristocracia y sus fronteras inferiores en la “clase baja”.

Con la agudeza que lo caracteriza y para el caso argentino, Jauretche propone otra opción como es la de no caer en el error frecuente y cultivado por los teóricos de la lucha de clases toda vez que se analiza dicotómicamente la relación de la clase media con la trabajadora. Es uno de pocos que sostiene que en cierto momento histórico de su evolución, la clase media argentina ha sido el sustrato heterogéneo (en su comportamiento, como en su esquema ideológico) del peronismo y del que, por ello, salieron posteriormente tanto los profesores de “Educación Democrática” como los “revisionistas”; los teóricos de la liberación nacional, como los Krieger Vasena y Alemann, adelantándose si se quiere su sector “progresista”, a la posición que luego habrían de tomar y consolidar los trabajadores en la conformación del peronismo como expresión del pensamiento y acción nacionales. No obstante, aclara que “a pesar de haber correspondido a las clases intermedias la primera toma de conciencia de los problemas nacionales y ser las beneficiarias directas, no hubo una correlación en la marcha con la toma de conciencia de su papel histórico en la oportunidad que el destino le brindaba.”

De lo precedente se infiere entonces que lo único que está claro y ratificado por los procesos históricos, es que esa “clase media” o “clase intermedia”, como gustemos llamarla, nunca ha sido motor homogéneo, consecuente y constante de ningún cambio institucional, económico, social o político como está afirmando J. Neilson en el diario regional.

Si algo trajo la aparición del capitalismo, fue la ruptura del orden estamental que pertenecía al feudalismo y la aparición de otro nuevo apoyado en las naciones con sus estados centralizados que obligó a la organización del poder bajo la tutela de un nuevo y efervescente actor social: la burguesía. La historia refleja que la aparición de la burguesía es acompañada por otro actor: el proletariado o la “clase trabajadora” o “clase baja” y la relación entre ambas siempre ha sido conflictiva, antagónica y complementaria.

Parece ser que los reclamos por mayor justicia y mejor distribución del producto del trabajo realizados a la burguesía, fueron alcanzados luego de cruentas luchas en las que la mayor cuota de participación y sacrificio pertenecía a la “clase trabajadora”. La burguesía, por su lado, en esa interrelación no regaló ni acostumbra regalar nada. Hace “concesiones estratégicas”. Para no ir tan lejos de nuestras fronteras, en nuestro país y si tenemos en cuenta los distintos hechos históricos emblemáticos que determinaron conquistas sociales y políticas, la participación de lo que Neilson llama “clase media” – y que a esta altura parece que confunde con burguesía –, ha sido intermitente y fragmentaria. Salvo, claro está, cuando en diciembre del 2001 llevó adelante aquel “acto de rebeldía” y, envolviendo su pecho con la Bandera celeste y blanca, apareció espontáneamente en las calles para reclamar sus verdes dólares apresados en el corral financiero. Por ello y más allá de esta anécdota, en cada etapa la “clase media” sólo atinó a proteger exclusivamente su status tratando de no caer en esas “negras” profundidades que habita la “clase baja” o en imitar las estereotipadas particularidades de la burguesía francesa o inglesa.

Volviendo a Jauretche, recordemos que ha sabido mostrar a uno de sus “niveles superiores” que denominó “el medio pelo” y que está constituido por aquel sector social que “trata de fugar de su situación real en el remedo de un sector que no es el suyo y que considera superior.” No lo hace porque aspira a una mayor participación en la distribución del poder, sino porque quiere “despegarse” de “los de abajo”. Ese intento de movilidad social está más ligado al factor psicológico que económico. De allí que las “clases medias” de países de la periferia –y esto de la ubicación geopolítica también hay que tenerlo muy en cuenta – , a fin de satisfacer ese anhelo desmedido por “pertenecer”, por eso de “ser como los de arriba”, hace que en ocasiones conforme alianzas con la clase dominante y traicione o postergue el futuro de la sociedad en beneficio de aquella y en perjuicio de la “clase baja”.

Ahora, si la abstracción neilsoninana nos lleva tan lejos como para imaginar que en China, país en el que la propiedad de los medios de producción están todavía en manos del Estado por ser un país comunista, la explosión de consumo de los últimos años generará una “clase media” capaz de reclamar a la “clase dominante” (¿?) derechos y garantías del tipo occidental, habremos destrozado los modelos teóricos marxianos, weberianos y todo aquel método científico que trata de describir y explicar las estructuras sociales de occidente a partir de la propiedad de los medios de producción, para dar paso a la utilización de otros procedimientos tal vez menos “euro céntricos”. Si para el agrado de quienes preferimos la mirada suramericana esto último aconteciese, el ángulo que ofrece Jauretche para la comprensión de este “misterio” como Neilson califica la cuestión sociológica argentina, también ratificaría para su desilusión que la “clase media”, por haber sido víctima consciente de la “colonización pedagógica”, es inconducente en el campo político, social y económico como gestor de cambios en un país “dependiente”.

En consecuencia y de acuerdo a lo expuesto, se me hace difícil comprender la perspectiva del autor de la extensa nota “Un país contestario”, más aún cuando es sabido que tanto el modelo de estructura social de los países centrales como sus fenómenos internos, no son universales. Lo único “universal” en este momento, es la “dominación panóptica” de la triada imperial EEUU, Europa y Japón que tienen, por el momento, “vigilados” a los verdaderos actores de cambio ubicados en otro polo del mundo, el de los dominados, y que obviamente no pertenecen ni por casualidad a la “clase media”. Para estos últimos y ratificando lo expresado en un párrafo anterior, la cosa es más sencilla, ya que la “colonización pedagógica” de la que son destinatarios y a la que adhieren gustosos, impide que den rienda suelta a su módica “rebeldía”. Tal vez James Neilson, ex director del Río Negro, actual columnista y consecuente defensor del neoliberalismo, pueda comentarnos al respecto.

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