Miguel Contissa

…uno más de la diáspora peronista…

Algo más sobre Laclau

Posted by Miguel Contissa en abril 13, 2011


Por  Mariano Fontela

jueves  9 de septiembre de 2010

Un intento de rescatar al concepto de populismo lo protagonizó Ernesto Laclau. Su tesis es que ya es hora de que aceptemos que hay que elegir entre tecnocracia y populismo. Lo de siempre: papa o batata, jamás ensalada. Reconocer al populismo como mal menor implicaría de todas formas resignarse a la vaguedad en el discurso político, la retórica apocalíptica o la ambigüedad de los símbolos, todas ellas cualidades que Laclau le adjudica en su libro “La razón populista”. De todas formas, esto no sería tan intolerable, teniendo en cuenta que enfrente se encuentra la tecnocracia, tan ladina. Resultaría sin embargo arduo demostrar que la única alternativa a la tecnocracia son los símbolos vagos y las identidades que se afirman en dicotomías.

No es esa la peor parte. Laclau parece suponer que la práctica política siempre requiere una oposición fundamental entre dos –y sólo dos– contrincantes. Los peronistas, si bien estamos muy lejos de querer evitar los antagonismos, sabemos desde hace décadas que esa lógica dicotómica a lo único que lleva es a unir y fortalecer a los adversarios. Es una práctica en la que alguna vez Juan Perón incurrió –al enfrentarse con la Iglesia Católica–, pero lo hizo por error y no por seguir sus propios postulados doctrinarios. Si mantuvo discursivamente parte de ese planteo en el exilio fue precisamente porque el núcleo del bloque que lo expulsó fue el mismo que impedía su retorno. Pero una cosa es hacer política desde fuera del país y otra muy diferente es construir una identidad popular desde el gobierno.

Es curioso lo que pasó con Laclau en 2008. Mientras la intelectualidad oficialista se extasiaba escuchándolo, otros hacían pueblo unificando reclamos dispersos e intereses heterogéneos con significantes gaseosos, cuando no espirituosos. Es preocupante además que algunos compañeros sólo se entonen cuando ven que la oposición se enceguece. Es cierto que en parte el odio contra el gobierno nacional se debió a viejos reflejos gorilas que igual hubieran surgido ante cualquier gobierno no menemista. Pero lo curioso es que en lugar de aislar a los fundamentalistas, pareciera que se buscó deliberadamente hartar a los indecisos, culpándolos por no compartir posiciones extremas y obligándolos a aliarse con quienes inicialmente no sentían la menor afinidad. Y cuando lo hicieron, se los insultó, se levantaron los puentes y se les impidió cualquier regreso. Los resultados no parecen ser auspiciosos.

La democracia no excluye la confrontación, porque en ella no hay cambio social sin lucha. Pero para que un conflicto sea democrático, es necesario que exista diálogo. En política, el diálogo no es sinónimo de negociación, porque en ésta sólo intervienen intereses y no los ideales ni las identidades de quienes dialogan. Tampoco hay diálogo si cada fuerza política se dedica a quitar legitimidad al adversario por todos los medios. Con semejante práctica, cualquier acuerdo posterior no puede ser visto sino como una claudicación.

El libro de Laclau tiene aportes valiosos que sirven para repensar los movimientos populares. Pero está muy lejos de poder ser la base doctrinaria para la estrategia de un movimiento popular que pretenda impulsar transformaciones ocupando el poder y permaneciendo en él. Para mi estupor, “La razón populista” sigue generando euforia en algunos compañeros que nunca terminaron de digerir que se los acusara de algo por lo que, según suponían, debían estar orgullosos. Esto ocurre en el contexto de un giro ideológico de cierta izquierda, orientada cada vez más a posturas estéticas que, basándose en la moral de la diversidad, impugnan burdamente toda convicción trascendente. A su vez, esto provocó una reacción igualmente estética de ciertos revisionistas que hoy tienden a ver en todo lo que se opone al cientificismo, al liberalismo o al progresismo, por más insignificante que sea, el germen de un magno renacer de las instituciones y del profundo sentir popular.

En mi opinión, ambas posturas son igualmente absurdas. El respeto por la diversidad no quiere decir que haya obligación de burlarse de quien crea firmemente en algo. Y comparto la valoración positiva de algunos de los rasgos que cierta ciencia social rechaza de plano, sin por eso volverme oscurantista. Hay que probar con otra cosa.

El término “populismo” fue creado para designar una combinación de autoritarismo, demagogia y organicismo, y aún se usa mayoritariamente con ese significado, dentro y fuera de las universidades. El peronismo pudo tener algo de esos rasgos en diferentes momentos de su historia, pero nunca se destacó por ellos. Cada uno de los tres se opone a los principios democráticos que el peronismo afirma. Me parece ingenuo suponer que se puede convencer a alguien de que, a partir de ahora, deberá cambiar el uso denigratorio del término y someterse al nuevo canon. Por ese lado no vamos a curar nuestro orgullo académico. No es razonable pensar que redefiniendo sus agravios podremos expresar con eficacia nuestro rechazo por las patotas científicas y por las militancias estéticas.

http://www.facebook.com/pabloadrianvazquez#!/notes/mariano-fontela/algo-mas-sobre-laclau/430866172614

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