Miguel Contissa

…uno más de la diáspora peronista…

Hitler: su breve paso por Bariloche

Posted by Miguel Contissa en mayo 10, 2012


Amigos: quienes saben de sociología seguramente encontrarán respuesta para cada comportamiento del colectivo ante determinados acontecimientos puestos en escena por los medios (y cuando digo “colectivo”,  no me refiero a ninguna unidad de la CODAO ni 3 de Mayo). Hablo de aquello que está sumido dentro de la sociedad como es el morbo individual. Como si la sumatoria de los mismos nos condujera a un “morbo comunitario”, que emerge para ser compartido y disfrutado socialmente cuando nos tiran “carne podrida”. Siempre digo que habría que hacer un ranking de aquellos temas que difunden los “mass media”. Por ejemplo: a) la guerra del Golfo y sus consecuencias; b) el derrumbe de las “gemelas”, -las torres-, claro; c) el hundimiento del Titanic; d) la caída de De La Rúa y el corralito; e) Cromagnon; f) el casamiento de Mauricio Macri; g) el genocidio de Ruhanda; h) Hiroshima y Nagashaky; i) La primera Guerra Mundial; j) La segunda Guerra y el nazismo; k) el genocidio armenio; l) la vida de un desempleado; m) la vida de un niño en la calle y, como éstos, otros tantísimos ejemplos de dolor, desencanto, olvido y muerte de humanos acometida por otros humanos.

Por lo que experimenté hasta el momento, y si tuviese que apostar por alguno de ellos, les confieso que no dudaría en hacerlo por el punto “j”: la segunda Guerra Mundial y el nazismo. Sí. Nada nos estimula más que remover esa miseria. Y como estamos en una economía de mercado, nada vende más que una miserable historia referida a ese asunto, en cualquiera de sus variantes miserables.

Tentado por esta última reflexión, es decir “los mangos”, me propuse yo también –qué joder –, contar mi propia historia sobre una de las tantas facetas del nazismo y sus actores. Lo hice bajo el seudónimo de Karl Horffan. Abusaré así de mi abolengo, porque para algo nací  y vivo en Bariloche, en “La Suiza argentina” según alguno; en esta ciudad de “silencios acordados y escondrijos olvidados” para otros. Por lo tanto, como conciente “socio de ese silencio” que decidió abrir sus propios archivos, ahí va, para que por fin se sepa entonces la verdadera historia de aquella corta estadía de Hitler en la patagonia.

No esperen reminiscencias borgianas o valiosas influencias del “Gabo” en el desarrollo. Por dos razones: porque para eso hay que saber y, porque si así fuese, ocuparía mi tiempo en otra “historia” a contar,  fundamentalmente  no tan trillada. Tiene, como los refritos anteriores, un estilo ordinario y ramplón, pues no fue pensada para alcanzar el Nobel Municipal de literatura sino para demostrar cuán fácil es gastar tinta sobre este tema. Espero que sirva además para distraerlos un poco de la pesada rutina que seguramente tienen.

 

Un abrazo a todos.

Miguel Contissa

PD: Para que no se gasten, y para que lo sepan aquellos siempre propensos a la imitación o simple afano de ideas, se aclara que lo siguiente ya fue debidamente inscripto en el ISSN y que prohíbo taxativamente su reproducción parcial o total, reservándome el derecho de accionar judicialmente contra quién así procediere, con un agregado: una flor de patada en sus partes pudendas.

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Hitler: su breve paso por Bariloche

I

Sonó el teléfono.  Herminia, la empleada doméstica que mi esposa Pamela había contratado hacía unos días, corrió presurosa para atenderlo.

-Si señor, le escucho. Si… si…, pero le ruego que hable despacio porque no le entiendo… Si, si… está aquí y ya le doy con el señor Horffann – dijo mientras me miraba y extendía la mano intentando acercar el teléfono hacia donde estaba sentado.  Lo tomé y luego de aclarar mi voz, me presenté y pedí que se identificara.

-Soy Rosenberg.  Franz Rosenberg.  Le estoy hablando desde Alemania – dijo mientras un eco interfería la comunicación y hacía más difícil entender su castellano básico.

-Muy bien, -le respondí- pero no sé quien es Ud.

-Pienso estar en Argentina dentro de cuatro días y quiero reunirme con Ud. Me informaron que. Ud. es el que tiene datos sobre una historia que aquí ya se da como cierta.  Es sobre la vida del Fürer Adolf Hitler y su paso por la patagonia…

Lo interrumpí inmediatamente. Le aclaré que no sabía de dónde sacaba esa información y que no insistiera sobre el asunto.

-Mire, -le dije- Ud. no está correctamente encaminado en su… ¿investigación?. Yo le sugiero que se olvide y que no gaste más dinero en esta comunicación.

-Espere! –gritó desde el otro extremo de la línea telefónica- , estaré allí en cuatro días y le explico todo.  Tengo su dirección. No habrá problemas.

-Escuche… señor Franz!!!… colgó el muy estúpido!!!

II

La primavera comenzaba a mostrar sus encantos que hacen de Bariloche un lugar diáfano, abierto, cubierto de flores, es decir, inigualable. Mientras me dirigía de vuelta a mi casa en la Península,  sospeché que las retamas recién florecidas a la vera del camino ponían con su  amarillo una luz de alerta sobre historias disimuladas muy adentro de mis recuerdos.  Esas historias que niegan a exponerse, que prefieren ignorar cuál fue la impronta que determinó su permanencia y que, sin embargo, de vez en cuando “algo” las rescata desde el fondo de esos pasillos y las presenta en veloces pantallazos al estilo de los video clips musicales.

Todo recomenzó luego de leer en un diario que se recibe vía Internet aquella noticia sobre la aparición de un libro sobre las vinculaciones y actividades de ciertos encumbrados militares nazis en la ciudad. Desde ese instante, mi mente fue revisando minuciosamente aquellos escondrijos casi inasibles en los que habitan presencias fantasmales  no deseadas.  La curiosidad me sofocaba.  Sabía del riesgo que corría, pero la picazón que produce la intriga es mayor que el freno que quería poner a mi inquietud, a mi impaciencia por saber qué decía aquel libro recién aparecido sobre la vida de alguien del cual yo, Karl Horffan, tenía información valiosísima sobre ciertos aspectos no conocidos de la vida del Fürer.

Tiempo atrás, había leído el libro de Patrick Burnside, “El escape de Hitler”, pero sinceramente me pareció un fiasco. Sin embargo éste del que daba cuenta el diario digital, por ser reciente, tal vez sea más preciso, más riguroso en la información y contenga algo diferente, algo que no sea un cuento  chino como el de Burnside…

Mientras circulaba por la ruta que une la ciudad con la Península de San Pedro y cuando sólo faltaba casi un kilómetro para llegar hasta el camino que la cruza y conduce hacia mi casa, detuve mi automóvil y girando, retomé la marcha hacia Bariloche. Me proponía distraer algunos pesos de mi presupuesto y comprar el famoso libro que tanto había impactado en los lectores del diario. Así fue que llegué hasta la librería de mi amigo Horacio Alcorta, un viejo médico que, de acuerdo a sus dichos, y cansado de hurgar las intimidades en la gente, (era proctólogo) decidió cambiar el rumbo de su vida y ejercer el comercio en algo que siempre soñó desde que era niño: una librería.  En realidad, decía que había dos negocios interesantes: la ferretería o la librería.  Un día, ante la duda que lo exasperaba y en su intento por alejarse de su profesión, revoleó una moneda de cincuenta centavos en busca del destino. Cuando cayó, ésta lo hizo de canto en una ranura del piso de madera, asumiendo una neutralidad bien argentina, y dando lugar a Horacio a que se arrogue directamente la responsabilidad de su futuro. Entonces, acorralado y con una sobredosis de coraje, eligió comprarle el negocio a Abel Domínguez, un catalán que, luego de esa venta y vaya a saber uno porqué razón, se volvió loco, tan loco que su familia lo internó en una institución para su custodia y atención definitiva.

La vuelta a casa  -en realidad la segunda vuelta o como dicen los políticos “ballotage”-,  me pareció eterna como consecuencia de mi ansiedad, de mi expectativa por saber si en esas páginas se hacía referencia a lo que tan profundamente  yo tenía escondido como un gran y único secreto.

Por fin, llegué a casa.  Pamela no estaba.  Había dejado una nota sobre la mesa de la cocina que decía: “estoy en una reunión en la colectividad. Vuelvo medio tarde. Hay algo preparado en el horno de la cocina. Un beso y hasta luego. Pamela”

¡Herminia!!! –grité llamándola-.

Nadie respondió. Supuse de inmediato que estaba solo. Eso me facilitaba las cosas, ya que nada podía impedir que me zambulla en la lectura de lo que traía en las manos quemándomelas.

Capítulo tras capítulo recorrí las páginas buscando la revelación de mi secreto, lo que significaría un enorme alivio para mi conciencia, ya que cada vez se hacía más difícil, más intolerable soportar esconderlo.  En la lectura, encontré fotos, reconocí lugares, personajes, citas, informantes, fechas, conexiones nacionales, internacionales, personajes de la política, de las ciencias, del comercio, etc., pero lo que buscaba no aparecía. En realidad el libro se parecía más a una guía turística para vender en Nueva York o Israel que una revelación histórica. Para mi pesar, no había  nada que dijera lo que yo sabía desde hacía años y que me quemaba el alma, es decir, que el Fürer, el mismísmo Fürer Adolf Hitler,  en su breve presencia en Bariloche compartida con su comitiva de extrema confianza, vivió algo más que unos días de fuga de Europa y de las fuerzas aliadas. Nada. Ni una palabra que me provocara alivio. Ni una cita, ni un comentario. Nada. Como si, intencionalmente, el destino o fuerzas ocultas de la magia negra me provocaran para que, atormentado y por haber superado mis propios límites, explotara en declaraciones públicas derribando toda una historia tejida minuciosamente por los ganadores.  Pero no debía hacerlo. Debía resistir. Mis genes alemanes lo imponían , por otro lado, así lo había prometido a mi amigo Otto Braun, un ex marinero del Graf Spee que, al igual que otros soldados y marineros alemanes habían elegido estos recónditos lugares patagónicos para olvidar los horrores de la guerra y recomenzar sus vidas como seres civilizados. Tal vez, esa traumática experiencia náutica que terminara en la “Batalla del Río de la Plata” y que fuera comandada por el capitán de navío Hans Langsdorff, hizo que Otto terminara aborreciendo el agua de tal manera que la higiene personal fuese para él algo secundario. Pero más allá de ese detalle y del triste final de su jefe Langsdorff, Otto sabía exactamente lo que había sucedido en aquellos días en que el mismísimo Adolf Hitler, habitó en una corta estadía la Estancia San Ramón.  Él me lo confió a mi escasos días antes de morir allá por el final de los ochenta víctima de un accidente fatal. Si, se le atravesó una espina de trucha de cinco kilos y medio en el esófago y no hubo manera de auxiliarlo.  Pero, algunos días previos a ese imprevisto y desgraciado desenlace gastronómico, y casi como una católica confesión en busca del perdón por los pecados y del alivio de su conciencia, Otto comenzó a hablar y hablar y hablar. Me habló tan profusamente, que espeté la amenaza de una ducha para calmarlo y encausar educadamente su deshago.

-Karl,  -me dijo con tono grave luego de recuperar su equilibrio emocional -, es necesario que te cuente una historia con la firme promesa que la guardarás todo lo que tu espíritu alemán lo permita.  La mía, hasta aquí llegó. No doy más y, como estoy presagiando algo malo, es necesario que seas quien reciba esto con responsabilidad.

-Pero Otto, dejate de macanas y no te pongas cursi -, le contesté para calmarlo y hacer que se relaje un poco.

-No Karl, esto que te voy a contar, todavía no lo saben los aliados. La CIA y el Mossad lo sospechan pero no tienen pruebas ciertas y están desesperados buscándolas. Días atrás recibí a un par de agentes que venían desde Israel y negué todo lo que me preguntaron. Esto lo sé yo y desde hace quince días, Adolfo Koliman, porque el otro testigo Franz Richter, falleció el año pasado de un ataque de alergia provocado por una picadura de “chaqueta amarilla” mientras cosechaba repollos para fabricar “chucrut”.

-¿Adolfo Koliman? –pregunté-, ¿el veterniario de la Estancia San Ramón y que ahora está en Alemania?. ¿Adolfo, el hijo de la finada Dominga, esa hermosa tehuelche que era maestra en la estancia durante tantos años?

-El mismo, -contestó con voz grave y con la mirada puesta en el Este, su punto cardinal preferido porque decía que desde allí, “comienza un nuevo día”.

-¿Pero Otto, qué cosa es tan grave como para que se mueva el Mossad hasta Bariloche?.

-Tomá este sobre. Lo abrirás el día que yo muera y guardarás en secreto esas líneas contenidas en esa carta. Es importante que así sea. Todavía no estamos en posición de hacerlas conocer. Tu buen criterio y tu gran sinceridad dirán cuándo será oportuno.

En 1989 y un mes y medio después de nuestro último encuentro, Otto Braun fallecía en el Hospital Ramón Carrillo. Sus restos descansan en el Cementerio del Montañés, al pie del Cerro López. Fue su último deseo. No porque amara la vida de montaña, sino porque quería estar lejos de masas de agua importantes.

La carta, esa importante carta, luego de leída fue guardada celosamente en mi caja de seguridad del Banco Alemán sucursal Villa Ballester.

III

El café que pedí comenzaba a enfriarse mientras esperaba la llegada de Eric Bocherhoff, aquel amigo de la infancia que visitaba Bariloche con su familia. Comenzaba el otoño del 2004 y si bien manteníamos contacto telefónico o por la Internet, no nos veíamos desde aquellos días de colegio en el Primo Capraro en los fines de los sesenta. Su demora me impacientaba, pero mitigaban sus efectos el aroma a café fresco que salía del pocillo y ese fuerte deseo de volver a verlo y repasar cada una de nuestras anécdotas.  De pronto, mientras comienzo a dar el primer sorbo, veo atravesar la puerta a un personaje que superaba el metro noventa de altura. No había dudas: su rostro aniñado seguía siendo aquel que conocí en el colegio. Indudablemente era Eric. Pegué un salto y le grité emocionado: ¡Eric, aquí estoy! ¡Soy Karl…Karl Horffan!… Fue tan violento el movimiento que realicé para hacerme notar que el pocillo con el café sin terminar voló por el aire hasta hacerse añicos contra el piso. Mientras limpiaba solícito el saco de otro parroquiano que estaba sentado en la mesa de al lado, Eric trataba de abrazarme emocionado sin dejar de gritar mi nombre con verdadera alegría.  Nadie dudó esa mañana en el Café Copos que la escena era la del reencuentro de viejos amigos.  Inmediatamente condujimos la charla hacia lo que había anticipado telefónicamente.

-Mirá Karl…aunque sé que todos te llaman Carlos, no?… Eso me parece bien. Yo también lo haré. Es parte de la necesaria e imprescindible integración en esto que es nuestro país y nuestra cultura. Lo otro, perteneció a nuestros padres. Aquella historia de amor y odio que vivieron, no puede enrollarnos, mezclarnos o detenernos. Nacimos aquí, en este pueblo. Somos argentinos y debemos actuar como tales, es decir, amando y defendiendo a nuestro país. Son ellos, nuestros padres los que estuvieron ligados a ese pasado hasta sus últimos días y es natural que tengan el corazón partido en dos. Afortunadamente y sin que eso deba ser olvidado, encontraron en esta ciudad –que sigue siendo mía a pesar de no vivir en ella –, toda la contención y buen trato que necesitaron después de tanto sufrimiento y desdicha.  Contención y buen trato de parte de todos los habitantes del pueblo que también venían de distintas regiones de Europa y de nuestro país. Después de la segunda guerra, no hubo conflicto de ningún tipo en la ciudad. Convivimos todos, y vos más que yo, porque con mis viejos nos fuimos antes a Buenos Aires. Por eso, recordá lo que decía mi papá: “ustedes deben tener siempre presente sus raíces, a sus antepasados, pero nunca deben quedarse en ese tiempo ni en ese espacio. Hoy tienen un nuevo tiempo y un nuevo espacio. Vívanlo intensamente y con honor”. ¡Y eso que mi viejo era bravo, eh! ¿te acordás?

-Si, lo recuerdo y eso es lo que trato de hacer, Eric, respondí.  Es central para mí. Por eso me pesa tanto el legado de Otto.  Por eso aborrezco aquellas noticias que nos vuelven a meter en el barro y que, bajo el disfraz de investigación periodística, revuelven y recrean ese pasado que nuestros padres sufrieron. Y lo peor del caso, es que prácticamente todo lo publicado es basura rentable; porque vos sabés que eso se publica porque “vende”. ¡Lo sabés mejor que yo!.

-Si. Lo sé tanto como vos, pero parece que no todo lo que vos sabés. Trabajé en varias empresas editoriales y he visto cómo se manejan ciertas noticias a veces ciertas, a veces falsas pero que suelen atrapar la curiosidad, la ingenuidad o el morbo de la gente. El objetivo es mantener o, si es posible, aumentar la cantidad lectores. A propósito, ¿qué tenías para contarme con la intención de que lo publique en mi columna del “Página 12”?

No le contesté. Preferí postergar mi secreto y proponer un nuevo encuentro. De paso, conocería a Sara, su esposa y a Roberto, su primogénito. Convinimos en juntarnos en mi casa de la península, asadito de por medio.

IV

El asado estaba casi listo y Pamela había preparado una entrada fenomenal dispuesta sobre una mesa bajo la sombra del grupo de abedules que permite ver el lago. Sobre un blanco mantel de hilo y bordado a mano –herencia de su nonna Mariana –, se lucían fantásticas rodajas de berenjenas en escabeche; brillantes manzanitas agridulces; tentadores trocitos de pepinos al vinagre; crocantes canapés de ciervo; de trucha sobre chutney de grosellas; otros con leberwürst casero y aceitunas negras; daditos de queso ahumado, de roquefort y del infaltable queso de oveja de Paso Flores.  Por supuesto, esto estaría acompañado con un toque “cordillerano”: el clásico “pisco saur” bien helado que personalmente preparo para estas ocasiones.

El día se presentaba cálido y diáfano teniendo en cuenta que casi pisábamos el mes de abril.

Finalmente llegaron.

Ya en el jardín, Sara y Eric no se cansaban de alabar el entorno ni de expresar su sana envidia por el lugar en el que vivimos con Pamela.

Luego de la sabrosa picada al aire libre, el almuerzo que consistió en un par de exquisitas patas asadas de cordero rellenas con hierbas –según la receta que le transmitiera a mi madre Úrsula la señora Ruth Von Ellrichshausen, propietaria del Hotel El Casco –,   transcurrió entre anécdotas de unos y de otros que fueron vividas en aquellos años en el pueblo. Todas y cada una nos parecían maravillosas, salvo la patada en el culo que me dio el verdulero Soria (“el mono”, para los amigos) aquel día que me sorprendió robándole frutillas del cajón en su puesto de verduras del Mercado de Moreno. Aún me duele. Recordamos entonces los viajes en aquel colectivo de la Cooperativa de Transporte que nos llevaba desde la Península hasta el Primo Capraro; las grandes nevadas; las excursiones con el Club Andino y a Don Otto Meilling; los días de pesca; los viejos personajes del pueblo; los comercios más populares; los escasísimos días de cine; etc. etc. Luego del postre –una exquisita “schwaebische-obstkuche” (tarta de peras con crema chantilly) preparada obviamente por Pamela y servida en la playa junto al lago –, y habiendo alcanzado ese estado relajado que produce un buen almuerzo con amigos, fuimos con Eric metiéndonos en el centro de mi tormento. Mientras tanto, Pamela y Sara comenzaron una caminata por la costa en una charla distendida. Las acompañaba Roberto que no paraba de tirar piedritas al agua.

-Mirá Eric, le dije directamente para entrar sin preámbulos. Lo que sigue no lo sabe Pamela ni ninguna otra persona. Como te anticipé el otro día en Copos, estoy realmente preocupado. Más aún después de lo que pasó con Priebke y todo el revuelo que se armó en aquel momento. No quiero aparecer en los diarios ni continuar con este peso que llevo durante tanto tiempo y que podría convertirme en cómplice de vaya a saber qué cosa. En realidad todo este asunto del pasado de nuestros padres y parientes centro europeos que tuvieron que vivir el espanto de la guerra comenzó a revolverse a partir de la mitad de los años ochenta y principios del noventa.  Sabés bien que en ello, desde el punto de vista editorialístico y publicitario, tuvo mucho que ver ese cuento nada creíble que escribió Patrick Burnside y que se llamó “El escape de Hitler”.

-Sí, lo leí, dijo Eric largando una carcajada. ¡Pero ese trabajo no merece respeto ni consideración, es vergonzoso por lo atrevido!

-Claro, pero se convirtió en un éxito editorial aunque sea un mito payasesco desde el punto de vista histórico. Y cuando algo ingresa al triunfo, vos sabés que hay una ley que dice que luego de un éxito, le sucede inexorablemente un “refrito”, como lo llaman ustedes. Y ese refrito da lugar a otro y a otro, porque si algo caracteriza a los argentinos y a los yankis –porque en esto vamos juntos –, es jugar este deporte mental, esta mitomanía obscena que luego se convierten en “bestseller” y que incluyen supuestas “investigaciones científicas”, “evidencias”  y “documentación que estuvo oculta hasta ahora”.

-Comparto tu opinión, acotó Eric. Es más, tengo entendido que toda esta falsa historia la comenzó el FBI llegando incluso a confesarlo.  Largaron “pescado podrido” y muchos picaron.

-¿Pero qué pretendían los yankys con eso?- pregunté simulando cierto aire de inocencia.

-Fabricar humo, respondió Eric. Inmensas cortinas de humo ante la “opinión pública” para “tapar” otras misiones económico-militares que ya tenían en carpeta y que se relacionaban –y se siguen relacionando – con las materias primas, con los recursos no renovables que están distribuidos por todo el planeta. Antes de actuar militarmente, durante o después del episodio bélico que ellos provocan, los muy zorros te llenan de este tipo de historietas a través de los medios periodísticos que tienen controlados. ¿Cómo las instalan? Sencillo: una buena campaña publicitaria sobre los crímenes de guerra o sus actores más destacados y “la gente” se concentra en otra cosa, menos en aquella en la que ellos están metidos. Entonces y como por arte de magia o porque “la CIA, el FBI o la Casa Blanca –color que no identifica sus fines políticos – decidieron abrir sus archivos”, comienzan a aparecer aquellos supuestos “documentos secretos” que tan celosamente guardaban. Por ello, en ese momento se hablaba de contactos en Los Ángeles, de submarinos que trajeron al Fürer hasta las costas patagónicas a la altura de Puerto Madryn junto a varios alemanes. También se hacía referencia a un viaje de dos días a caballo desde la costa hasta llegar a la cordillera, etc. No hay dudas, eran unos caballos de puta madre, porque hoy se demora casi el mismo tiempo en coche, y eso que un coche tiene “cientos de caballos”. Ese  Burnside es un cara dura!!… aunque en realidad es un pillo, un estafador.  Por eso yo opino que jamás pudo Hitler salir de Alemania. Ni él ni Eva.

-Bueno, Eric… tal vez sea bueno creer que todo aquello acabó de ese modo, pero no estés tan seguro.

-¿Cómo me decís eso?. ¿Acaso no fue así?…¿Acaso ese demente no se suicidó en Alemania?…

-Eric… querido amigo Eric… Debo decirte que no fue así.  El Fürer huyó de Alemania, y luego de cierto periplo, estuvo ciertamente en la patagonia. Él, junto una reducidísima comitiva de tres lugartenientes. Eva no componía el grupo.

Eric no podía creer lo que escuchaba. Guardó silencio unos segundos tratando de determinar si lo que yo le decía no fuese una de mis clásicas bromas, como aquella en la que le hice creer cuando éramos adolescentes que el “nahuelito” solía aparecer cerca de la península los días de poco viento, para lo cual supo pasarse horas y horas de espera sin éxito.

De pronto, explota y casi con furia pregunta: -¿de dónde sacaste semejante burrada? ¿No me digas que das crédito a ese Burnside y sus repetidores?…

-Nada de eso, respondí. Decime Eric, ¿te acordás de Otto Braun?

-Sí. Lo recuerdo. Mi papá decía que ese viejo estuvo en el Graf Spee y luego de aquella Batalla del Río de la Plata, junto con varios tripulantes se refugiaron en nuestro país.  Su llegada a Bariloche no puedo determinarla, no sé si alguna vez lo supe, pero entiendo que fue antes de que terminara la guerra. Fui muy amigo de sus dos hijos,  uno se llamaba Gerardo y el otro creo que Jorge… no estoy seguro. Pero, ¿qué pasa con ese hombre?

-Ese hombre, respondí, era el contacto en la patagonia de quien organizó la llegada de Hitler a la cordillera.

-¡No – me – digas!… balbuceó Eric.

-Claro, él no sabía de qué se trataba. Su contacto de la marina Alemana le anticipó que necesitaba de su colaboración para “colocar” en un lugar seguro a un personaje importante, jamás supuso que se trataba del mismísimo Hitler.  Dicen que el Politburó ruso y Stalin lo sabían, pero no se opusieron ni abrieron la boca mientras se lo llevaran de Europa.  Fue entonces que Otto se conectó con la gente de San Ramón. Ellos, al suponer que sería algún diplomático, le anticiparon su aceptación.

-¿Pero cómo llegó hasta aquí?, preguntó Eric ya, a esta altura del relato, con la mandíbula desencajada.

-No lo sé. Lo que me contó Otto es que estuvo aquí, en San Ramón. Y algo más, y esto es lo central: en su relativamente corta estadía, tuvo una amante.

-No me jooodas! bociferó Eric mientras ponía sus nalgas en el césped y cruzaba sus brazos sobre sus piernas.

-No termina aquí, Eric.  La amante, era una tehuelche, le espeté a quemarropa y para abreviar el trámite.

No sé cómo hizo, pero Eric de un salto volvió a ponerse de pié. Sus ojos comenzaron a salirse de sus órbitas, los músculos de la cara estaban tan tensos que habían perdido el clásico color rojizo que lo caracterizaba desde niño. Su altura parecía aumentada en veinte centímetros…

Sólo atinó a preguntar: -¿Así que el Fürer en Bariloche y con una india de amante? ¡Ajá!…¿Qué más sabés?, dijo irónicamente.

-Al contrario de Burnside y sus copiones seguidores, tengo una prueba central y definitiva-, le dije mientras metía mis dedos en el bolsillo izquierdo de la camisa para sacar un sobre que la contenía.

-Aquí, en este sobre, está el testimonio escrito de esa presencia y de ese romance. Está escrito por ella, por Dominga Alcapán, luego viuda de Kölimann. No hay ninguna duda al respecto.

-¡No te creo!, gritó. ¡Dejame ver qué tiene ese sobre!

-Epa, muchachos, ¿qué pasa con tanto alboroto?, preguntó Sara que volvía de la caminata con Pamela e inquieta por la situación. Vengan, agregó, que con Pamela pensamos en convidarles un buen té con tarta de frambuesas cosechadas el último verano en el huerto de Karl. De ese modo, seguro que recuperan la calma.

Los cuatro se dirigieron hacia la terraza de madera que daba hacia el lago y a la que atravesaba una pérgola abrazada por un rosal repleto de flores rojas.

V

El té transcurrió amablemente. Se tocaron temas triviales y se disfrutó de la buena mano repostera de Pamela. Más allá, casi llegando al lago, estaba Roberto dándole de comer a los gansos que corrían libres por el lugar.

Mientras las mujeres retiraban prolijamente la vajilla hacia la cocina, Eric, que no había logrado dominar la curiosidad por lo que contenía el sobre en mi poder, sin trámite alguno pregunta: -bueno Carlos, ¿cómo sigue este asunto?. ¿dónde está lo que te inquieta tanto?.  Que Hitler haya estado aquí y que haya tenido una amante, si bien suena descabellado, no resulta peligroso. Después de todo, ambos están muertos, ¿o no?, ¿o hay algo más?…

-Exacto, Eric. Hay algo más, respondí.

-La cosa es así, continué.  Como persona informada, sabés que en Alemania y centro Europa, está reverdeciendo la ideología nazi. En realidad, en otros puntos de occidente también, pero los pícaros la disimulan o la disfrazan. Podemos afirmar que no son tantos, que son “extremas”, pero existen. En algún caso se los conoce como “cabezas rapadas”. Hasta ahora sólo provocaron disturbios de distinto calibre. Parece que se están organizando políticamente para participar en el esquema democrático. Para ello, fundaron en Alemania el PND (Partido Nacional Democrático) y tienen un número no despreciable de votos. Ahora bien, lo que necesitan es mejorar la organización a través de la incorporación en su cúspide de alguien verdaderamente representativo, carismático, popular. Alguien que pueda concentrar en su figura todo el poder que supo tener el mismo Fürer, que pueda mover a la masa tal como él lo hacía. Que contagie su entusiasmo y que renueve, que revitalice el alma del pueblo ario y su destino…

-Decime Carlos, ¿me estás hablando en serio?… ¿O te vuelvo a llamar Karl?…

-Es así Eric. Mirá, hace algún tiempo me llamó por teléfono desde Alemania un tipo. Dijo que quería hablar conmigo porque se enteró, no sé cómo, de que yo sabía la historia ésta de Hitler en la patagonia. Cuando llegó y nos reunimos, me preguntó sobre la veracidad o no de la existencia de un hijo de Hitler, fruto de un romance en esta región.

-Ah, no!, esto me supera Carlos, susurraba Eric en la silla mientras movía la cabeza hacia ambos lados.

-Hitler en la patagonia… De novio con una india y, además, con – un – hijo!!!…

-Así es Eric. ¿Porqué te creés que no puedo dormir?.

-¿Sabés quién era y a qué venía ese fulano desde Alemania?  Herr Rosenberg, Franz Rosenberg, así se llamaba. Vino a buscar al hijo de Hitler para ponerlo al frente del PND.  Sabía, tenía cierta información que algo había pasado aquí, pero lo que no podía determinar era quién es el hijo y dónde está. Te digo que me apretó bastante para que soltara prenda, pero no sé cómo hice para cerrar la boquita y apretar el culito.  De esto, Pamela ni palabra. No sabe nada.

-Bien. Supongamos que tu loca –porque no puedo calificar de otro modo a tu teoría –, tu loca teoría tenga sentido y que verdaderamente existe un plan para “repatriar” al descendiente del asesino más grande de la historia, ¿cuál es tu bendita prueba?…¿en qué te apoyás para semejante delirio?… lo que falta es que me digas que además existen otros apoyos desde distintos puntos del planeta, como por ejemplo, desde EE UU, desde Israel o Kukamonga Valley…

-¿Cómo adivinaste?, le pregunté. ¡Así es! Rosenberg me dijo que desde Nueva York existe apoyo financiero a través de algunos bancos importantes y tradicionales. No me preguntés cuáles; y desde Israel a partir de ciertos grupos de extrema derecha que comparten la ideología de los elegidos. Es decir, “arios” unos, “elegidos” los otros… “Únicos” ambos. ¿Te cierra?.  La idea es imponer “por la razón o por la fuerza” esta barbaridad llamada nazismo y quedarse con el dominio del mundo que incluye el control de tierras poco habitadas –especialmente las fértiles –, luego el control de la producción alimentaria; el control de zonas productoras de oxígeno como el amazonas o la cordillera nuestra,  y obviamente, el control del agua. ¿Es poco? Lo demás viene solo…

Eric había perdido la mirada en el lago. Casi no pestañaba. Sin mirarme sólo atinó a decirme: -haceme el favor Carlos, mostrame ese sobre. Quiero leer lo que contiene. Quiero salir de esto que parece una pesadilla.

Metí mi mano en el bolsillo, extraje el sobre y lo puse en su mano.

-Con cuidado, le dije, es papel muy viejo y debe ser tratado con delicadeza. Lo retiré de la caja de seguridad el mes pasado. Es el original escrito por Dominga Alcapan, aquella maestra de la estancia San Ramón. Era hija de un criollo y una tehuelche. Recibió en herencia los rasgos delicados del criollo y la altura de la madre. En realidad su aspecto no delataba su ascendencia. Su cabello negro, su andar cadencioso, sus modales occidentales y su buena educación parece que supieron seducir al Fürer que, lejos de su terruño y sin los brazos de Eva, tal vez encontró consuelo en los de Dominga.

-¿Y el supuesto hijo?, preguntó Eric.

-Nada de “supuesto”. El hijo, el verdadero y real hijo, es Adolfo Köliman, el que fuera veterinario en la Estancia desde el año 76 luego de recibirse en la UBA. Hoy está en Alemania haciendo un post grado sobre inseminación artificial. Su madre le puso, como es obvio, el nombre del verdadero padre, del padre biológico.  Luego, y ante la desaparición definitiva de Hitler, ella se casó con Köliman, un administrativo de origen bávaroque trabajó en la estancia. Buen tipo. Supo querer y educar a Adolfo, por eso le dio su apellido.  Si Rosenberg se entera que lo tiene cerca de sus manos, sonamos. Adolfo sabe la historia, yo se la conté… se la tuve que contar, claro, pero no quiere saber nada con su divulgación, y menos con incorporarse a esta manga de extremistas desquiciados. Por suerte, tiene una posición absolutamente contraria a ese siniestro plan. Debo decirte también que está bastante asustado por lo que pueda pasar si descubren su verdadero origen familiar.

-Basta Carlos, dejame leer esta carta.

Lentamente Eric abrió el sobre y desplegó con sumo cuidado aquel papel amarillento por el tiempo, escrito con tinta negra y pluma cucharita. Se colocó los anteojos para leer (+50) y, lentamente leyó en voz alta el texto completo que decía así:

Amado mío. Mi amado Adolf:

…anoche estuve hasta las cuatro de la mañana dando vueltas en la cama…

…finalmente, los fantasmas que durante estos tres meses se presentaban amenazando con un futuro “viaje” tuyo, llegaron implacables…

…hasta ahora, lograba espantarlos a través de nuestros momentos en cada día de encuentro. Así los vencí hasta ayer…

…encuentros en los que supimos  (y aún sabemos) dar rienda suelta a nuestros sentimientos…

…sentimientos que nos desbordaron y a los que nunca les faltó tu increíble ternura…

…una ternura que me llegó en el peor momento de mis mejores años, conteniéndome, alentándome, valorándome…

Siempre me pregunto qué hubiera sido si la vida, el destino, nos hubiese puesto en el mismo camino años atrás…

…esa pasión que dominó nuestras horas y que llevaremos de por vida grabadas en el alma, ¿hubiese sido la misma?…
…esa pasión que decidimos hacerla más que privada, que alejamos de la vista del resto del mundo, que vivió y vive oculta como verdadero tesoro, ¿habría sido igual o, tal vez, hubiese caído víctima de la rutina que enmohece los espíritus más atrevidos?…

…¿cuál fue el secreto de nuestra recoleta felicidad, de nuestra invalorable armonía?…
…¿cuántas parejas “normales”, aquellas que viven “hacia afuera”, luciendo su “normalidad” logran lo que logramos nosotros en estos tres meses?..

…¿quiénes, a nuestros años, vivieron como adolescentes cada momento como lo hicimos nosotros?…
…Ese es y será nuestro gran capital, amado mío…

…algo que muy pocos lograron…

Tu viaje, el que acabás de iniciar, tiene fecha de regreso abierta.  No puedo desearte otra cosa que un “buen viaje”, porque de lo contrario, estaría en contra de mis sentimientos más íntimos. ¿Quién quiere perder lo que más siente?

Mientras dure tu “travesía”, las imágenes, aquellas que llevo guardadas en lo más recóndito de mi corazón, seguirán recorriendo los pasillos de mi alma en todo momento.

Si acaso me aparezco sin permiso ni aviso en tus recuerdos, significará que lo nuestro en San Ramón fue algo verdaderamente trascendente, único, envidiable por muchos…

Durante tu ausencia y al igual que Penélope, tejeré.

Un guiño bastará para anunciar tu regreso.

Te hago llegar un beso profundo y tierno. Profundo y tierno porque busca tu alma.

Hasta ese momento, hasta el momento de nuestro reencuentro, te estaremos esperando con tu hijo Adolfo que llevo en mi vientre.

Tu amada Dominga

Estancia San Ramón, 28 diciembre de 1945

El rostro de Eric reflejaba perplejidad. El rojizo típico de sus pómulos, ese por el que lo llamaban “manzanita” cuando éramos pibes, había desaparecido. No podía creer lo que acababa de leer. Tal vez su incredulidad haya tenido que ver con la fecha en que fue escrita, claro, justo el “día de los inocentes”…

No obstante, aclarando su voz, me dijo: -¿Tenés una copia?. Mañana salgo para Buenos Aires. Comprá el domingo “Página 12” y buscá el suplemento .  Allí encontrarás esta historia. Desde ese momento se termina tu calvario. La historia se contará, pero el personaje, como es obvio, no será identificado ni ubicado. Es preciso protegerlo. Como ves, lamentablemente tenés razón.: siempre hay un refrito, ¡y qué refrito Carlos, qué refrito!!!… ¡Seguro me catapulta a la fama!… ¡ya era hora y la puta que los parió!…

THE END.

Escrito por Miguel Contissa durante varias tardes  del invierno de 2009…

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