Miguel Contissa

…uno más de la diáspora peronista…

Aquellos pianos. Un relato

Posted by Miguel Contissa en junio 30, 2012


Aquellos pianos. Un relato

 A modo de prólogo

 El 11 de marzo de 1973 la fórmula del Frente Justicialista de Liberación (FREJULI) compuesta por Héctor Cámpora – Viicente Solano Lima, ganaba plesbicitariamente el Gobierno Nacional tras dieciocho años de proscripción, persecución y muerte de muchos peronistas, a lo que debe agregarse el ostracismo del Lider del Movimiento Nacional Justicialista General Juan Domingo Perón.

En ese retorno al sistema democrático violentado en 1955 por la autodenominada “Revolución Libertadora”, en Bariloche también triunfó el FRE.JU.LI. para conducir el Gobierno Local, por entonces de comisión y a cargo de un Concejo Municipal cuyo Presidente ejercía la faz ejecutiva, o sea fungía de lo que al presente es el Intendente Municipal.

Todas las nuevas autoridades democráticas asumieron el 25 de mayo de 1973.

La lista local electa del FRE.JU.LI. estaba encabezada por Juan Castro (ex ferroviario) y la integraban Roberto Taddeo (ex funcionario del Servicio Meteorològico), Jacinto Ibáñez (ex capataz de la Municipalidad a cargo de Parques y Jardines) y Jaime Llull (comerciante). Debido a una temprana interna política, Jacinto Ibáñez “acordó” con la oposición y resultó designado Presidente del Concejo. A raíz de ello, Juan Castro renunció para asumir la Secretaría de Estado de Turismo del Gobernador, también peronista y oriundo deVilla Reggina, don Mario José Franco. En reemplazo de Castro asumió Corina Robledo de Dingel (también comerciante), integrante de la Rama Femenina del peronismo.

Tal temprana interna se prolongó a lo largo de toda la gestión de ese Concejo, provocando en el segundo semestre la renuncia de Jacinto Ibáñez y Roberto Taddeo, en reemplazo de quienes asumieron Eduardo Matucheski (sindicalista gastronómico) y Eduardo Faustino Garrafa (viajante de comercio), quien a la sazón fue elegido nuevo Presidente, cumpliendo su mandato hasta el doloroso golpe militar del 24 de marzo de 1976.

Originariamente el Concejo se completaba con Nelly Frey de Neumeyer (radical y ex Presidente de la Convención Constituyente Provincial de 1957 con el peronismo proscripto); Norman Campbell (martillero público), por la U.C.R. y Erique Girón (médico), por el partido Nueva Fuerza.

I

 Un pibe me abrió la puerta del taxi al llegar al aeródromo Jorge Newbery. Eran las diez de la mañana de aquel 29 de marzo de 1976 y debía abordar el vuelo 978 de Austral rumbo a Bariloche. La atmósfera estaba húmeda, pesada y con pronóstico de tormenta. -Si fuese supersticioso, diría que este clima encierra algún mal presagio-, me dije. Al traspasar la entrada del hall principal, y acompañando la atmósfera exterior, dos soldados y un oficial revisaron mi bolso cuidadosamente. En el área, todo estaba bajo el control del ejército y la aeronáutica. Caminé hasta el mostrador de Austral. En el recorrido, en uno de los kioscos de diarios pude leer la tapa de “Crónica”: Videla asumió la presidencia. Breve y austera ceremonia; juraron también los ministros”. A la derecha, también en la portada se leía: “Asesinaron a un alto jefe de la Federal”. Como no podía ser de otra manera, dentro de la sala de espera era fácil distinguir en algunos cierta indisimulada inquietud; en otros, aires de satisfacción porque para ellos “por fin el orden había llegado al país”. No eran estos últimos ocasionales viajeros los únicos conformes con la nueva situación política. Era común escuchar en reuniones o por las calles idénticas manifestaciones en mucha gente a partir del quiebre institucional del 24 de marzo. Tampoco estaba reservada sólo a la clase acomodada. La compartía, por ejemplo, el taxista que me había trasladado desde Parque Chacabuco. -¡Ahora sí que se van a dejar de joder!… ¡Ahora van a ver quién manda!-, decía mientras esquivaba coches y colectivos en el recorrido. No lo olvidaré nunca. Si bien trataba de responderle con monosílabos a cada una de sus afirmaciones fascistas, en algún momento no aguanté y le pregunté: -Dígame: ¿no se podía esperar seis meses a que llegue el próximo gobierno democrático?… ¡Para qué!. Fue tal su calentura que, mientras pasaba un semáforo en rojo, tan rojo como el que había tomado su rostro, me contestó casi gritando y golpeándose el muslo derecho: -Decime pibe, ¿no te das cuenta que en este país la gente sólo entiende si le dan palos?… aquí hay que entrar a dar palos, pibe!!… no queda otra-,

El vuelo salió con casi una hora de demora como consecuencia del mal tiempo. Viendo al despegar la inmensa masa de nubes, volvió sobre mí el presentimiento de algo malo; de algo que no andaba bien. Una vez arriba, las azafatas se esmeraban en atendernos. Sobre el mediodía nos sirvieron el almuerzo que consistió en una porción de “parrillada” mixta. Algo inusual en este tipo de servicio aéreo. Sin dudas, la empresa no reparaba en gastos en su competencia con la línea estatal. O tal vez no importaba el control de los mismos, si tenemos en cuenta que poco tiempo después el estado nacional a través del ministro de economía Martinez de Hoz, compraba las acciones de Austral Líneas Aéreas, haciéndose además cargo del abultado pasivo. Aterrizamos en Bariloche con alguna dificultad, pues el viento del oeste era demasiado fuerte, lo que obligó al piloto a poner en evidencia toda su experiencia en estas situaciones.

El trecho de quince kilómetros que une el aeropuerto con la ciudad lo hice con mi amigo Osvaldo Marabini que me estaba esperando. Obviamente me puso al tanto de lo sucedido en esas dos semanas que estuve ausente. –Decime Pelu, ¿vos te fuiste a Buenos Aires antes del golpe, no?.

-Sí, hace dos semanas. El despelote me agarró allá. ¡No te imaginás!. Milicos por todas partes, sirenas de la policía; los “Falcon” verdes en todas direcciones exhibiendo armas largas por las venanillas, en fin, un caos tremendo. Me parece que esta vez nos apalean y feo.

-Bueno, aquí pasa igual. Es más, el mismo 24 los tanques se paseaban por la Mitre. El municipio está a cargo de un milico de Ejército, no me acuerdo su apellido.

-¿Y el intendente Garrafa?… ¿qué fue de todos ellos?, pregunté.

-Garrafa creo que está libre. Si bien lo fueron a buscar la madrugada del 24 a su casa, después lo largaron. Pero al que metieron en cana esta mañana es a tu tío Néstor.

-¿A Chacho?… ¿pero por qué carajo lo encanaron? ¡si apenas se acercaba a la Unidad Básica!- grité indignado.

-No sólo a él “engayolaron”. También cayeron Jaime Llull, el “yegüero” Matucheski y otros más.

-¡No me jodas!-, le dije mientras trataba de encontrar alguna explicación, algún justificativo. Inmediatamente recordé a papá, a Pino, al tío Reynaldo y al gordo Muñoz en su idéntica y amarga experiencia en Jacobacci con la Revolución Libertadora del ’55.

-¿Dónde los tienen?-

-No lo sé. Pero me parece que tenés que moverte rápido. Estos tipos son jodidos y uno nunca sabe qué cosa son capaces de hacer. ¿Conocés a algún abogado?, porque además y como si todo esto fuese poco, te adelanto que la oficina de la sociedad que tiene tu tío con sus socios fue allanada y se llevaron todos los papeles. Eso lo ví yo esta mañana-.

II

 Por la afinidad de peronistas y la estrecha vinculación con la actividad gastronómica, Néstor Pérez, Jaime Llull y Eduardo Matuschesky conformaron en 1974 una sociedad que denominaron Turismo y Servicios Victoria SRL de cuya administración yo era el responsable. Tenía como objeto inicial la explotación hotelero gastronómica de la Hostería de la Isla Victoria que habían alcanzado luego de ganar la licitación ante Servicio Nacional de Parques Nacionales, dejando atrás nada menos que a los hombres fuertes del “establishment barilochense”, todos pertenecientes al Jockey Club local, a la Cámara de Comercio y la Asociación de Hoteles, y todos con gran influencia política en la administración provincial. Algunos de ellos, años más tarde y ante la vuelta al sistema democrático, adhirieron al proyecto del general Requeijo cuando conformó su partido como expresión política de derecha a la que no se animaban algunos radicales. Lo denominaron “Partido Provincial Rionegrino” (PPR). Esa victoria sobre los “dueños del pueblo”, sobre los representantes de las “fuerzas vivas” de la ciudad de manos de “estos peronistas sinvergüenzas y advenedizos”, seguramente no iba a quedar impune. Más aún si a aquel emprendimiento se le sumaban otros dos a poco de comenzar el año 1975. Ellos fueron la confitería “JM”, en el corazón de la ciudad como es la esquina de Mitre y Rolando; y el otro, una parrilla a la que llamaron “La Casona”, ubicada en el Km 4 de la avenida Bustillo en una propiedad que le alquilaron a Julio Cornelio González que fuera hijo Julio Juan, ex Comisionado Municipal en la segunda Presidencia del General Perón en 1952. En ese entonces “Julito” era Director Provincial de Turismo y amigo de los tres socios. No había dudas, los muchachos se movían bien y rápido en un momento de la historia económica argentina que invitaba a este tipo de acometidas productivas, pues la demanda turística había explotado como consecuencia del “turismo social” propiciado como era costumbre, por el gobierno peronista. A esa demanda sólo había que responder con oferta de servicios en un Bariloche que comenzaba a dejar de ser exclusivo. Seguramente por ello, en los círculos recoletos del poder local hayan expresado sencilla y vulgarmente: “estos peronistas algo habrán hecho para que, de la noche a la mañana, se conviertan en los nuevos empresarios gastronómicos de la ciudad”.

III

 Al llegar a la puerta de la casa de mi tío se podía escuchar el piano en el que Mariel ensayaba la sonata “Claro de Luna”. Toqué timbre y salió a recibirme con un beso. Entré directamente a la cocina y allí estaba mi tía Marta, -su madre-, que me saludó del mismo modo. ¿Qué pasó con Chacho?, le pregunté. Creo que lo tienen en la Alcaidía, contestó escuétamente. Estuvimos en silencio unos segundos, hasta que rompió en llanto. Traté de consolarla, pero en realidad su enojo era tal que sin más trámite, decidió encerrarse en el dormitorio. ¿Por qué esta enojada? le pregunté a Mariel que había visto la escena.

-Bueno, la verdad es que no estuvo nunca de acuerdo con esa sociedad que formó con sus amigos. Los culpa de haber sido los responsables de este episodio, suponiendo además que si no se hubiese metido con ellos esto no hubiera sucedido-.

Dejé el bolso y me dirigí de inmediato al centro con la “renoleta”. Debía encontrar a alguien que me ayudara a sacar a Chacho de la Alcaidía. Fui a la casa de su amigo Andrés Abel Castro, ex diputado nacional entre 1963 y 1966 y el dueño del diario “Bariloche”. Toqué la puerta y sin abrirla, me atendieron por una ventanita reducida. -Castro no está-, me dijo una señorita de ojos muy negros y grandes. Desesperado y viendo que las horas pasaban sin alcanzar solución alguna, se me ocurrió que el auxilio de algún cura podría ser efectivo. Me encaminé hacia la Catedral. Estaba cerrada. ¿Dónde mierda hay un cura y la puta que los parió?. Ya sé, mejor voy a la capilla del ejército en el kilómetro ocho. Entro al predio del ejército y encaro la puerta de la capilla suponiendo que allí estaría el cura. Nada. No salió nadie ni golpeando con una piedra la puerta de la capilla. Estamos cagados, pensé. De pronto, recordé las palabras de Osvaldo cuando preguntó por algún abogado amigo”.

Volví del Km. 9 y fui de inmediato al estudio del abogado Luis Lutz, un joven profesional que asesoraba legalmente a Turismo y Servicios Victoria SRL. Lo había conocido una noche en el bar del Hotel Pilmayquén, cuya virtud era congregar amigos que buscaban compartir opiniones y charlas a la hora del “vermouth” o “aperitivo”. Entre los asiduos concurrentes se destacaban Oscar Martínez Salazar; el odontólogo Hugo Gancedo; Francisco Lucero, el “cabezón”; el Magistrado Enrique Gschwind; Phillipe Zwobada; Gabriel Boghetto y, en ocasiones, el “yegüero” Matucheski y Jaime Llull. En otro momento, todos ellos conformaron “El club de la monedita”. En una de esas noches me enteré que el abogado de la firma, además de ser un excelente profesional, tenía vínculos políticos muy estrechos con “el desarrolismo”, habida cuenta de su relación personal con el ex presidente Arturo Frondizi. Años más tarde se observaría cómo puso en práctica su veta política y se proyectó institucionalmente hasta ocupar el Superior Tribunal de Justicia.

Subí por las escaleras hasta el primer piso del edificio ubicado en Mitre y Villegas, sobre “Gran Tienda Bariloche”. Busqué la puerta que indicara la existencia del buffet de Lutz. Al encontrarla, entré y le pedí a una señorita de la recepción que le avisara al doctor sobre mi necesidad de conversar con él con mucha urgencia.

-El doctor hoy no atiende,. ¿Puede pasar mañana a primera hora?-me respondió

-Es muy urgente señorita. Necesito verlo ahora mismo.

-Un momento por favor, veré que puedo hacer. Se dirigió a otro ambiente contiguo, escuché que hablaba por teléfono sin entender qué se conversaba y volvió.

-El doctor lo espera dentro de dos horas en este estudio, me dijo sonriendo.

Me retiré. Llegué a la vereda y me encaminé hasta la oficina de la empresa para pegarle un vistazo después de tantos días de ausencia. Al entrar, ví papeles desparramados y desorden por todos lados. Intenté ordenar algunas cosas y casi con desesperación me zambullí en el armario colgante de tres cajones. Allí tenía guardadas todas aquellas carpetas de egresos. Busqué especialmente una: la de “Dirección Nacional de Recaudación Previsional”, pues allí estaban los comprobantes de pago de los compromisos mensuales. No había ninguna carpeta. Se las habían llevado a todas. El frío que me corrió por la columna hizo que cayera sentado en un banquito junto al escritorio revuelto. -¡Qué cagada!, fue lo único que se me ocurrió expresar. -¡Lo único que me faltaba, que se pongan a revisar papeles estos hijos de puta y me hagan la de la “Federal” con el quinielero clandestino, pero al revés, es decir afanándome comprobantes contables!

Traté de calmarme, cerré la puerta y decidí tomarme un café en “JM” antes de volver al estudio de Lutz. Fueron dos horas interminables en las que la desazón me tenía doblegado. Hice un esfuerzo y caminé hacia el estudio. Al verme, la secretaria le avisó de inmediato al abogado. De pronto, se abrió la puerta de su despacho.

-¿Qué hacés?, me preguntó sonriendo. Pasá y conversemos.

El estudio no tenía diferencia con el de cualquier otro abogado. Montones de expedientes apilados de un lado y del otro el escritorio, su título de graduado y fotografías familiares o con amigos en las paredes. Una me llamó la atención. En ella aparecía sentado junto a Arturo Frondizi en lo que parecía ser una reunión de esas que se producen en algún restaurante. Era la evidencia que confirmaba lo que había escuchado en el bar del Pilmayquén. No me atreví a preguntarle sobre la relación que se insinuaba en esa escena congelada en el tiempo.

-¿Qué sabés de Néstor?, me preguntó directamente.

-Nada. Lo único que sabemos es que está en la Alcaidía. Y eso me desespera. ¿Ud. sabe algo?

-Pensé que sabías algo más. Pero bueno, es así. Está en la Alcaidía. Lo tienen incomunicado. Deberías comunicarte con él. Como sabés, en tu ausencia sucedieron cosas, no solamente la detención de los socios, sino el allanamiento “de hecho”, sin respeto ni consideración alguna a la oficina de Mitre, más una inspección en JM. Como era de esperar, se llevaron documentación. A través de estos procedimientos, hay varios detenidos además de Néstor y sus socios. También tienen a Juan Bolonci. Yo fui a la Comisaría y luego a la Guarnición para interesarme, pero el hermetismo es absoluto.- Y me trataron entre displicentemente y mal, sin que nadie se hiciese cargo ni informase

-¡Pero doctor!… con todo respeto: si me dice que está incomunicado, ¿me quiere decir cómo hago para “comunicarme”?

-Tengo escuchado que sos un tipo inteligente-, me dijo sonriendo. Vos sabrás elegir la forma, pues debemos llevarle tranquilidad en estos momentos. Yo procuré hacer lo posible como abogado, pero vos sos familiar y estrecho colaborador. Inclusive hablé con el Juez Penal Dr. Dardo Ismael Sosa, quien con mucho realismo me desaconsejó que haga algo formal ante el estado de excepción bajo control del Area Militar, puesto que podrían “moverlos” a otro sitio. Obviamente, él intentará alguna gestión oficiosa para saber del paradero concreto de ellos.-

-Está bien. Ya veré. Pero hay otra cosa que me preocupa y mucho. Como ya dijo, los milicos allanaron la oficina esta mañana y se llevaron todas las carpetas con mucha documentación importante.

-¿Qué cosas importantes te sacaron?

-Entre tantas, la carpeta de la DNRP con los comprobantes de pago y el acta de inspección que nos dio ese inspector que nos visitó hace dos meses, ¿lo conoce? Yo no recuerdo su apellido.

-Sí, escuché hablar de él a varios empresarios importantes de la ciudad, pero nunca lo traté. Sé que hubo inspecciones.

-Bueno, ¿y?… ¡estamos fritos!… ¡Imagine que nos saquen esos comprobantes o nos “planten” otros cualquiera!… ¿qué hacemos? Ud. sabe que el contribuyente “debe probar” al fisco que no debe, y si no tengo los papeles…

-Mirá Pelusa: lo único que te debe preocupar es la salud de tu tío Néstor. Fijate cómo anda y avisame. Por el resto, hablaremos en función de las circunstancias que se vayan planteando. Hay una especie de comisión investigadora designada por los militares, con tres profesionales de ciencias económicas. Uno de ellos, el mas sensato y prudente, quedó en contactarse conmigo y me anticipó que a todos nos afecta una inhibición de las cuentas bancarias, y que nos alcanza a Eduardo Garrafa y a mi. ¡Un verdadero disparate, con medidas irracionales .! Ahora te dejo porque tengo que ir a ver a un cliente. Cualquier cosa llamame. Ésta es la dirección de mi casa en el Km. 24”-, me dijo mientras me entregaba su tarjeta personal con ese dato de puño y letra.

Salí del estudio peor que cuando entré, pues tenía una misión que seguramente no podría cumplir y una sensación de indefensión con relación al tema de la oficina que me provocaba náuseas.

Volví a “JM” y, aunque no estaba acostumbrado, me senté en una banqueta de la barra que estaba próxima al piano y pedí un “whisky en las rocas”. En ese momento, Bricker -más conocido como “El pelado Bricker”-, gastronómico de “Pastilandia” y buen pianista, se divertía con otros amigos interpretando a Mozart.

IV

 “JM” era un proyecto “ambicioso” para la media empresarial de ese momento en la ciudad. Por su ubicación, ocuparía el “corazón” mismo de la oferta gastronómica: Mitre y Rolando, vereda norte. Mientras se remodelaban las instalaciones, en esos días de la primera quincena de noviembre de 1975 los socios me encomendaron un viajé a Buenos Aires para hacer algunas compras necesarias para el equipamiento del local. La propiedad alquilada por la sociedad era de los hermanos Fernández, antiguos pobladores y herederos de la esquina más importante de la ciudad en la que funcionaba el Bar “La Copa”. Luis, el mayor de ellos, habitaba con su hermano Andrés la planta alta de la propiedad. En la vereda de enfrente, del lado sur, estaba el restaurante y confitería “Don Santiago”, en ese momento gerenciado por los hermanos Juan y Julio Bolonci, antiguos integrantes del plantel de personal gastronómico a cargo de Manuel Santiago.

En la Capital Federal, debía encontrarme con el arquitecto Calzetta Campos que había diseñado las refacciones. Con él debía elegir, además de la alfombra que cubriría el piso, algún tipo de sillas y mesas acordes con el estilo que éste pretendía imponerle a la confitería, consistente en combinar la calidez de la madera barnizada tan utilizada en la zona y presente en el techo de la barra y en una de las paredes, con algunos toques de elementos modernos como el cromado de las estructuras de las sillas y mesas. Era algo novedoso para el pueblo, pues competía con el estilo “Luque” que tenía fuerte presencia en muchos espacios públicos y que consistía en revestimientos y muebles en madera arenada y en colores natural o marrón oscuro. El resto del perímetro del salón, contaba con enormes ventanales que le permitía al público observar todo el movimiento que se producía en las calles que se cruzaban en el sentido de los puntos cardinales. La puerta de acceso se decidió que fuese giratoria. De ese modo, se evitaba el clásico inconveniente de “puertas mal cerradas” que tanto preocupan aún hoy en Bariloche, especialmente los días de viento y frío.

Después de recorrer algunos comercios y encontrar lo que buscábamos, se ordenó a cada proveedor que fuesen despachadas por “Transportes Marini”. Sin embargo, eso no era todo para mí. Los socios me habían pedido además que me dirija a la “Antigua casa Ledda” ubicada en la calle Rivadavia al 8900. Allí me estaría esperando Américo, el esposo de Yolanda Merenghi, prima hermana de Chacho. Su misión era probar el tipo y calidad de piano que necesitaban para instalar en un sector de la confitería. Por mi parte, mi única función en ese trámite tan delicado como inusual, era abonar el importe correspondiente a través de los cheques de la sociedad. Así lo hice. Pagué tanto el piano de la sociedad, como también otro dos. De ellos, uno iría para mi tío y el otro, para Jaime. Ambos fueron reservados a través de Américo. Obviamente, y para preservar aspectos administrativos solicité que los facturen por separado. Cumplida mi misión pedí que la compra, al igual que el resto de las compras, fuese despachada por el mismo transporte a direcciones diferentes, es decir, uno a “Confitería JM” ubicada en Mitre y Rolando, otro a la calle Constitución 1492 que era la casa de Chacho y el tercero sería retirado del depósito del transporte por Jaime.

V

 Comencé a sentir que mis mejillas se acaloraban luego del whisky. Fue suficiente señal como para decidir ponerme en movimiento. El “pelado” ya no tocaba más. Ni me di cuenta que se había ido a la otra punta del salón para charlar con unos amigos. Si bien todavía faltaba un poco para que llegara Héctor Martínez con la recaudación diaria del restaurante y hostería de “la isla”, resolví no obstante ir a la oficina que estaba a mitad de cuadra, en un “espacio” que la familia Baur acondicionó para alquilarle a la sociedad junto a un café al paso y sandwichería de nombre “La Mamadera”, administrado por los locadores. En la oficina esperé hasta que, al poco tiempo, veo que Héctor estaciona la camioneta Chevrolet “Brava” que se utilizaba para transportar víveres al restaurante de la Hostería de la Isla Victoria. Bajó con el portafolios y entró sonriente, como siempre. -Bueno compañero, hoy no fue un día de lo mejor, pero algo es algo-, dijo mientras entregaba la caja diaria. Efectivamente, la recaudación no tenía por esos días la importancia de otros momentos, sin embargo seguía siendo interesante como para seguir “apalancando” las nuevas inversiones como “JM” y luego “La Casona”. La razón estaba dada en que ya había terminado la temporada de verano y el objetivo de allí en adelante se convertía en soportar la “baja” hasta el mes de julio con un movimiento turístico reducido y dependiente de lo que podían aportar las agencias de viajes tanto particulares como sindicales. Sentado, y sin perder el buen humor Héctor ensayó algún chiste como para quitarme la cara de preocupación. Lo escuché a medias, pues en gran medida tenía puesta mi atención en la situación de Chacho y en lo que resultaría del “allanamiento” que ejecutaron los milicos. Sin dar mucha información, e intentando no demostrar más angustia que la que se veía, cambiando de tema le comento a Héctor: -Mirá, esto de entrar en “la baja” hace que se nos frenen otros negocios que bien podrían ejecutarse rápidamente si eso no sucediera. Pero bueno, así es la cosa. Habrá que hacer malabares con la guita. Habrá que bicicletear a todo el mundo, pues no será suficiente para cumplir con todos los compromisos.-

-No queda otra, me respondió lacónicamente como buen pampeano. Pero por otro lado, ¿cómo te va con el asunto de los papeles de la oficina?. Hoy, en el “Modesta Victoria”, cuando volvíamos de la isla, me pasaron un chisme. Seguramente lo sabés, pero…

-¡Nada!… no se nada!- le dije casi gritando. ¿Qué escuchaste?

-Uno de los de prefectura me dijo que aquello que retiró el ejército con el allanamiento, está en el Centro Cívico siendo revisado por una “comisión investigadora” de contadores encabezados por el estudio contable de Fonzo. Allí trabajan también el contador Gagliardi, Nouche y alguno más que no recuerdo. Creo que deberías hacerte presente lo más rápido posible…

-Y esos tipos, ¿para quién juegan?… ¿trabajan para los milicos?-, pregunté inquieto.

-Es uno de los estudios más importante. Fundamentalmente, son todos antiperonistas. Por lo tanto, no creo que “se pisen la manguera” con los milicos. Vos sabés que desde el año 30 se hacen y devuelven favores entre sí. Es más, se deben estar cagando de risa!…

-Siempre lo mismo Héctor. Siempre lo mismo. Cada vez que el peronismo es derrocado, los peronistas van en cana. Mirá, cuando sacaron solamente con los bomberos al viejo inútil de Illia hace diez años y tomó el mando Onganía, no pasó nada, ni una represalia o “investigación”. ¡Ni siquiera dejaron sin postre a algún inútil radical!… ¡Qué destino, la puta madre que los parió!- bociferé. En el ’55 cuando derrocaron a Perón los milicos junto a los radicales, el partido comunista, los socialistas y la iglesia gorila, lo primero que hicieron fue encanar a todo el mundo. ¡Se acabará la leche de la clemencia!, gritaba el socialista de Ghioldi mientras los comunistas le hacía coro. Recuerdo que en Jacobacci a mi viejo, a mi tío Reynaldo -el hermano mayor de Chacho y de mi vieja-, junto a otros amigos y compañeros entre los cuales estaba Manuel Pino, -el papá de “Carozo” y Graciela que ahora viven aquí en Bariloche-, a todos ellos los llevaron de las pestañas a la comisaría acusados de “malversación de fondos” en el Club Ferro del que formaban parte. El disgusto y la amargura que tuvo Pino le provocaron un infarto que lo llevó a la muerte. ¿Qué me contás de estos turros?. Por supuesto, después de algunos días los largaron a todos por falta de mérito, pero “Pinito” no volvió nunca más; ya no estaría para su familia ni sus amigos. Son una cagada estos “contreras”.

-Bueno, calmate que no ganás nada enojándote. Eso sí, el peronismo debería tomar nota de estas cosas para cuando vuelva al gobierno por medios democráticos. En cuanto a lo de estos días, te sugiero que mañana por la mañana te presentes en el Centro Cívico y preguntes en cuál oficina está trabajando la gente del estudio de Fonzo – Gagliardi – Nousche.

-Está bien. Dejemos las cosas como están. Agradezco tu apoyo. Mañana, cuando vuelvas de la isla te cuento que resultó de ese encuentro. A propósito, ¿ya hiciste las compras de todo aquello que pueda estar faltando en la cocina de la hostería?

-Sí. Tengo todo. Pasé por Depósito Boi y retiré lo necesario. Es más, me pidió el dueño que no te olvides de hacerle los cheques del último resumen y se los lleves.

-Sí, claro!… pero decile al viejo Boi que primero debo recuperar la chequera que manotearon los milicos.

-Le diré eso. Ah!…  antes que me olvide, ¿por qué no te venís mañana a la noche a casa y nos comemos un matambre a la parrila?-

-¡A la parrilla estoy yo, Héctor!, le dije socarronamente. Otro día será. Tomo nota y muchas gracias.

Cerré la puerta y me dirigí caminando cuesta arriba hasta el departamento que alquilaba a Atilio Toccalino en la calle Palacios al 700. En realidad era una habitación de cuatro por cuatro sin más muebles que una cama matrimonial, un ropero de una puerta, una silla y una mesa pequeña. El baño debía compartirlo con otros dos departamentos, todos ubicados en la planta alta de la casa. Esa ubicación, tan alejada del centro como carente de comodidad, fue lo único que pude conseguir. La escasez de casas y departamentos para alquiler que existía ya en aquella época, generaba una “lista de espera” para poder tener acceso a algo más confortable.

VI

 A la mañana siguiente, y para moverme con la mayor información posible se me ocurrió conversar con la esposa de Jaime. Me dirigí entonces hasta su casa ubicada en Barrio Melipal que, por entonces contaba con un número reducido de viviendas. Según me había indicado Ángela previamente por teléfono cuando le anuncié mi visita, tomé por “la ruta a Llao Llao” hasta los bungalows “Tres Jotas”, doblé por Av. Book y subí tres cuadras. Después del “Residencial Cristina” de la familia Delvito, doblé a la izquierda y allí estaba la casa. Ni bien golpeé la puerta, apareció ella con su beba Virgina en brazos. El resto de sus hijos estaban en la escuela y en el jardín.

-Pasá Pelusa-, dijo compungida. ¿Qué sabés de Jaime?…

-Bueno Angelita, es lo que vengo a preguntarte. Apenas sé que a Chacho lo tienen en la Alcaidía, pero no tengo noticias ni de Jaime ni del “yegüero Matucheski”. Para peor, nos sacaron las cosas de la oficina y tenía pensado ir a la Intendencia hoy a la mañana para enterarme cuáles son los planes de los milicos en todo este asunto, pero no quería ir sin conversar con vos y saber algo sobre la situación de tu marido y de Eduardo.

-Mirá, esta mañana temprano me llamó “Julito” González y me comentó que otra persona, -un suboficial que está en el Centro Atómico-, había visto a Jaime y otros más en uno de los patios del predio del ejército. En ese grupo pudo reconocer también a Juan Bolonci. Todos muy bien vigilados. ¡Estoy desesperada, Pelusa!… no sé que hacer ni qué decir cuando los chicos me preguntan por su padre…

Sin poder darle respuesta, sólo atiné a consolarla, sabiendo que era una tarea dificilísima cuando se atraviesan situaciones como esas en las que la angustia se cruza con el dolor de una ausencia y el miedo a lo desconocido.

Tomé un último mate que me había ofrecido y volví para el pueblo. En el recorrido de los cuatro kilómetros que separan a Malipal del centro, se me mezclaban algunas imágenes que me habían quedado como eran la de aquel niñito de primer grado en la escuela de Jacobacci con su padre y sus amigos en cana, con este breve relato desesperante que me había hecho Ángela. Eso me ponía la piel de gallina.

Llegué al Centro Cívico. Estacioné en la calle que conduce a Parques Nacionales y me dirigí hacia la puerta de la Intendencia que estaba flanqueada por dos soldados que portaban sus fusiles “Fal” con bayoneta calada. Después de presentarme y justificar mi presencia, pude acceder a la escalera de madera que conduce al primer piso. Allí estaba la oficina del Intendente y, a continuación, la de quien oficiaba de Secretario de Gobierno. Golpeé dos veces y esperé. Un suboficial abrió la puerta y con tono descortés me preguntó cuál era la razón de mi visita.

-Soy el administrador de Turismo y Servicios Victoria SRL y vengo a conversar con la gente del estudio contable de Fonzo, pues ellos tienen nuestros libros contables y demás documentación de la firma.

-Bien. En ese caso, suba un piso más y siguiendo el pasillo, creo que es la segunda puerta.

-Muchas gracias-, respondí poniéndole toda la educación y respeto que él no había demostrado.

Subí y encontré el pasillo. Caminé con cuidado, pues de un lado la pendiente del techo baja más de lo debido y al caminar uno corre el riesgo de golpearse la cabeza. Llegué a la segunda puerta y golpeé. Esperé unos segundos e inmediatamente la abre una persona joven, de nariz aguileña, ojos pequeños, escudriñadores y cabellos cortos y rojizos.

-Soy el administrador de la empresa que ustedes están…

-Sí, pase-, me dijo sin permitirme terminar de presentarme. Pase y tome asiento.

La habitación que se estaba usando como “oficina” parecía ser un espacio ganado al entretecho. Había una ventana pequeña que parecía escaparse hacia afuera y que daba al norte permitiendo ver el lago y la costa neuquina. Sobre dos escritorios estaban parte de las carpetas y demás documentación de la empresa. El resto podía verse desparramado por el piso que, al igual que en el pasillo, crujía al caminar sobre él.

-Me voy a presentar-, dijo quien me había recibido. Soy el contador Caspani y el señor es el contador Rechart. Colaboramos con el estudio de los contadores de Fonzo. Para su información le comunico que, por orden del Ejército la documentación de la empresa fue decomisada preventivamente para llevar adelante una auditoría. En eso estamos en este momento. ¿Usted podrá volver mañana a las diez horas para explicarnos algunas dudas que tenemos?

-Por supuesto. Estaré a esa hora.

-Bien, nos veremos mañana-, dijo mientras me invitaba cortésmente a dejar la habitación.

Salí con mayor preocupación que con la que había entrado. Mientras caminaba sobre el pasillo de cirprés que denunciaba mis pasos, y justo antes que comenzara a descender la escalera, un solo gong de la campana del reloj de la torre indicó que eran las once y media de la mañana.

VII

 Mientras conversaba temas triviales con Marta, ella terminaba de lavar algo de vajilla que había quedado del almuerzo.

No era mi intención tocar el tema de Chacho y sus socios en esos momentos, por lo que decidí acompañar el tratamiento de asuntos como el de los chicos en el colegio; lo benéfica que había sido la temporada estival o la situación por la que atravesaba el sistema de salud de la provincia. De pronto, y mientras intentaba comentarme algo sobre su trabajo en el Colegio Nacional, ví cómo desarmaba un termo que había estado cargado de café. Con mucho cuidado desenroscaba la base para permitir luego quitar el envase de vidrio térmico. Luego de lavarlo, volvió a enroscarlo y todo quedó en orden. Fue suficiente para mí. Inmediatamente se me ocurrió una idea que serviría para romper la “incomunicación” impuesta a Chacho dentro de la Alcaidía. Sin permitir que Marta continuara con su relato sobre “la indisciplina de los alumnos y la permisividad de la Dirección en ese asunto”, le pedí que me hiciera el favor de preparar un café lo suficientemente abundante como para llenar el termo. Quiero llevárselo a Chacho, le dije mientras buscaba una virome y un papel. Marta no dudó e inmediatamente puso manos a la obra. Por mi parte, me senté en el living como para redactar un breve mensaje, lo suficientemente claro para Chacho, como indescifrable para cualquier otro “curioso”. La idea era hacerle saber que había estado con Lutz. Luego de varios intentos, escribí en formato de telegrama lo único que se me ocurrió a pesar del gran esfuerzo: “Estuve con Lucho y pidió tranquilidad”. Lo doblé bien, desenrosqué el termo con café caliente preparado por Marta, y lo puse en la base para luego volver a roscarlo. Me despedí y me dirigí rápidamente a la Alcaidía. También allí, como en el Centro Cívico, hubo que superar a la guardia de la puerta de entrada para luego ser recibido por un suboficial de la policía de Río Negro.

-Buenas tardes “oficial”. Vengo a ver al Sr. Pérez.

-Imposible-, me contestó un regordete de estatura mediana con insignias de sargento. El señor Pérez está incomunicado por orden del Ejército.

-Uh… qué macana… y dígame: ¿usted no me puede hacer un favor?

-Si no viola la orden que tengo, con gusto-

-Mire “oficial”, resulta que el señor Pérez es mi tío, y su mujer está en cama con gripe y muy preocupada porque no lo puede ver…¡imagínese!… entonces se me ocurrió prepararle un poco de café que a él tanto le gusta, ¿vió?… Dígame: ¿Usted puede alcanzárselo y decirle que se lo preparó su mujercita y que se lo tome “hasta el fondo”?… ¡hasta el fondo!, dígale… ¿puede?…

-¡Déjelo nomás!… yo me encargo.

-Muchas gracias, “oficial”.

-Por nada… pero le aclaro una cosa mi amigo…

-¿Sí?

-No soy “oficial”. Soy sargento. Sargento Mayor.

-Muy bien. Entonces muchas gracias Sargento Mayor. Es usted un caballero.

Subí a la camioneta pensando en el resultado que tendría la maniobra. Si salía bien, habría encontrado el método para comunicarme con Chacho. De lo contrario, se podrían complicar las cosas y tal vez, todos terminar en cana por inentar tomar por giles a los milicos. Subí a la camioneta y volví a la oficina pensando esperar hasta el día siguiente que, entre otras cosas tenía aquella reunión con los contadores en el Centro Cívico. Cuando llegué, tomé el teléfono e intenté comunicarme con la esposa de “el yegüero”. No tuve éxito, pues su hija Betty me contestó que se había ausentado en busca de un abogado amigo para que la asista en esta instancia.

Entre una cosa y otra, el día se me había pasado volando. La jornada laboral había llegado prácticamente a su fin. Por lo tanto, cabía una sola cosa: reunirme en JM con gente conocida para conversar sobre cualquier tema. Obviamente, los habituales asistentes de esos encuentros no esperaban los abordajes sesudos a la filosofía griega como para sentirse satisfechos. Como en todos estos espacios, las charlas eran pueblerinas por lo simple en su contenido y extensión. Futbol; viejas anécdotas personales en las que el que narraba, era el actor principal; algún chisme liviano sobre infidelidades y, según quien estaba cerca, algo de política, aunque no mucho ni comprometido. El whisky era la bebida preferida que circulaba en cantidades tales que yo no había visto en Buenos Aires. Se bebía puro “en las rocas” o combinado con algún jugo de frutas, tal como lo prefería Matucheski para disimularlo frente a los amigos. Aquella tarde-noche apareció en “JM” Osvaldo. Estaba de franco en su función de adicionista en el restaurante de la isla. Al verme sentado, se acercó inmediatamente y tomó asiento.

-¿Cómo andan las cosas?-, preguntó.

-No sé. Todavía estoy como Tarzán: en bolas y a los gritos. Aunque en realidad, no puedo gritar nada. Debo mantener la calma, no vaya a ser cosa que estos turros piensen cualquier cosa y se complique.

-Ayer me estaba acordando del primer día, el día del golpe-, dijo Osvaldo. ¿Qué hijos de puta!… se paseaban muy envalentonados por todos lados con esos tanques de mierda que se caen a pedazos y que no pueden ni siquiera tirar un tiro!-

-¿Supiste quién está a cargo de la Intendencia?-, le pregunté.

– Sí. Se llama Carlos Rito Burgoa. Es coronel. ¿Sabés qué dijo el tipo el día que entró?. Te cuento. El chisme que tengo es que esa mañana reunió en el Gimnasio de la Asociación de Bomberos Voluntarios a varios de “las fuerzas vivas” de Bariloche, -que por supuesto aplaudían el golpe de estado con los cachetes del culo-, y mientras apoyaba su mano izquierda sobre el “casco de combate” que estaba sobre el escritorio, expresó: “señores, desde hoy y por mucho tiempo, ésto que tengo bajo mi mano será quien gobierne la ciudad, la provincia y la nación. Ustedes sabrán respetar debidamente esta decisión de las fuerzas armadas, como también acatar toda orden que se imparta. Tenemos una guerra que terminar y nada ni nadie podrá interponerse.”

-¿Eso dijo?…

-Seguramente alguna cosa más que quien me lo contó no habrá recordado.

-¿Y quienes estaban presentes?

-No me lo supo aclarar. Sólo que eran los “capos de la ciudad”.

-¿Pero ninguno de los presentes dijo algo?.

-Parece que no, Pelusa. Es más, seguramente estaban felices. Por otro lado, dicen que el silencio convalida.

-¿Sabés una cosa, Osvaldo?. El milico tiene razón. Desde ese día nos gobierna “un casco”… bué, nos “manda” un casco, porque gobernar es persuadir, como decía el General. Ahora nos sojuzgan “ese” tipo de milicos; esos tipos que bajo el casco no tienen mas que huesos para sostenerlo. No sé para que lo usan si no hay nada que preservar pues carecen de cerebro. ¡Pobre San Martín!… ¡Pobre Savio, Perón, Valle, Tanco y tantos otros verdaderos milicos fieles a la Nación! Bebí de un sorbo el resto de whisky que me quedaba en el vaso y me despedí para dirigirme al departamento. El siguiente sería un día agitado y debía encararlo descansado.

VIII

 Esa mañana fresca de marzo parecía abrirle las puertas al otoño. Caminé con prisa por Mitre hacia el Banco de la Provincia. Al entrar, me encuentro en la puerta con Héctor Ganem, de la localidad de Comallo, que había sido diputado nacional por Río Negro durante el gobierno constitucional del General Perón recientemente depuesto. Nos habíamos conocido en Buenos Aires en una oportunidad que con mi papá anduvimos por el Congreso Nacional visitando al ex gobernador Emilio Belenguer, en ese momento señador por Río Negro. Al verme, me reconoció inmediatamente.

-¡Qué hacés pibe!…¿qué andás haciendo por aquí?…¿cómo anda tu viejo?…¿cómo andan las cosas?-, preguntó. No sabía cuál pregunta responderle. Elegí la segunda: -Mi viejo falleció el 22 de diciembre del 74. Menos mal que no vio esta afrenta al peronismo, esta humillación sobre el pueblo peronista.

-Tenés razón. Decime, me enteré que a tu tío y sus socios los tienen en cana.

-Así es-, respondí escuetamente.

-Si, cuando venía para aquí desde Comallo, paré en Pilcaniyeu y todos me preguntan por Jaime, ¿porque vos sabés que es el Contador de la municipalidad, no?

-Sí, por supuesto. También del supermercado Salamida, que está en Moreno 46 y que también es representante de “Costos y Organización”.

-Bueno, ¿así que no sabés nada?,- volvió a preguntar como para salir rápido del encuentro.

-Nada.

-Bien, cuando los veas, mandales un gran abrazo peronista.

-Pierda cuidado don Héctor. Así será.

IX

 Las diez campanadas de la torre me encontraron dentro de la Intendencia. Subí directamente al segundo piso que “se quejaba” a cada paso que daba. Toqué la puerta y, como el día anterior, el contador Caspani me hizo pasar. Al entrar, vi a una persona más quien se presenta como el contador Nousche. Dirige breves indicaciones a los otros dos y se despide sin más trámite. Me hacen tomar asiento frente al escritorio del contador Reichart que tenía ante sí varias chequeras del Banco Provincia de Río Negro usadas, ordenadas y atadas con una bandita elástica. Había tres o cuatro sueltas que las estaban conciliando cheque por cheque con los resúmenes bancarios. Fue Caspani el encargado de iniciar el diálogo en busca de información contable.

-¿Cómo lleva Ud. los registros contables?

-Bueno, mediante una “Caja diaria” de ingresos y egresos. De aquellas que ya vienen tabuladas-, respondí mientras sentía que mis tripas se estrujaban.

-¿Es decir que los ingresos y egresos son los que vemos en estas planillas?

-Así es. Los ingresos a su vez tienen distinto origen. Por un lado los de la Isla Victoria y por otro los de la confitería “JM”. Del mismo modo los egresos.

-¿Y cómo realiza los egresos? Es decir, ¿cuál es el método de pago?

-Bueno, como Ud. podrá observar en las planillas de caja, los gastos menores se pagan en efectivo con la “caja chica” que se repone mediante cheque. Los de mayor envergadura como proveedores y demás, únicamente con cheques del Banco Provincia.

-¿Y las inversiones realizadas en la confitería, cómo se pagaron?

-En ese caso, utilizando en parte un crédito de “pre temporada” que tiene disponible el Banco Provincia para este tipo de situaciones especiales, y en otra parte con la financiación que nos dan los proveedores, además del “apalancamiento” financiero que nos facilita el restaurante de la Isla Victoria. Toda esa masa de dinero que provino del Banco o de la Isla, tuvo paso por la cuenta corriente, por lo que es fácil corroborar-, respondí.

-Sí, así parece ser-, dijo mirando las planillas para luego tomar las chequeras sueltas y comenzar a repasar con su mirada los talones de aquellos cheques emitidos y en los que se podía leer la fecha de vencimiento del cheque, el importe y el beneficiario. Recorrió al azar y lentamente una y otra, mientras desde mi lugar iba acompañando el pase de cada talón. En un momento determinado, se detiene en un talón de cheque y lo mira con atención. Como pude, estiré el cuello y ví que se trataba de uno de los cheques entregados al inspector para que se apliquen al pago de los aportes a la DNRP. Por suerte, la chequera estaba ahí, pues mi gran temor era que las hubiesen hecho desaparecer y nos quedáramos sin modo de probar el pago. Me parecía que tenía congelada la sangre y contuve la respiración esperando algún comentario. El silencio era tal que se escuchaba el segundero del reloj de la torre. Nada. Sólo pasó al siguiente y luego al último. Para mi sorpresa, cerró la chequera y buscó otra, la última que tenía separada. A esa altura, me esforzaba por no orinarme encima, pero también comenzaba a sentir cierto alivio por la situación que suponía estaba siendo superada según mis miedos. Con el repaso de cada cheque de esta última chequera en mano, Caspani se detiene en uno que decía “Casa Ledda”. Lo mira y pasa a otros siete con el mismo beneficiario. -¿Qué tipo de proveedor es este Ledda?, porque a diferencia de otros proveedores lo encontramos sólo en esta ocasión-, dijo con aire de suficiencia, como quien encuentra la punta de un ovillo muy enredado.

-Ah… sí. “Antigua Casa Ledda”, así se llama el proveedor. Es quien nos vendió los pianos. Uno es el que está en la confitería. Otro, es el que está en la casa de mi tío, y el tercero fue retirado por Jaime LLull y está en su casa. Por supuesto, el pago de los dos últimos es a cuenta de retiros de la sociedad, claro. Todo está documentado, señor Caspani.

-¿Entonces los pianos fueron comprados?- le escuché decir a media voz y mirando las planillas con una indisimulada decepción.

-Claro!- respondí agrandado y suponiendo cuál había sido el pretexto del allanamiento. Los pianos fueron pagados con los cheques que Ud. ve en los talones de las chequeras y los resúmenes bancarios. ¿Usted tenía otra idea, contador?

-Mire, por hoy es suficiente-, dijo mientras se ponía de pie y me invitaba cortesmente a abandonar la oficina. Ahora seguiremos auditando. Puede pasar mañana a retirar toda la documentación.

-Así será, señor Caspani. Mañana paso y retiro todo. Hasta mañana.

Bajé las escaleras con una mezcla de felicidad e indignación. Todo parecía que había terminado, al menos en lo referido al allanamiento. Ahora faltaba que Chacho, Jaime y Eduardo recuperasen la libertad. ¿Cómo sigo con ésto?, me pregunté. Al llegar a la vereda me contuve para no gritar y sacarme toda la tensión vivida en ese rato. Eran las once y cuarto de la mañana y no lograba encontrar un rumbo… decidí pasar por “JM” para tomar algo y calmar la sed. Al traspasar los arcos del Centro Cívico me encontré con Lutz y le comenté el avance para recuperar la documentación. -Sí, dijo. Ayer a la tarde, solo y en forma reservada vino a verme Juan Reichart. Durante casi dos horas hablamos exhaustivamente sobre los socios, de la sociedad y sus negocios. Si tenía dudas, creo que concluyó desestimándolas definitivamente dada la claridad, los condicionamientos y los problemas del giro comercial, puesto que quedaba claro que nada tenían que ver esto de asociar la actividad mercantil con la política. Si a esa charla le sumamos lo que les aclaraste, seguramente no habrá problemas para que te devuelvan toda la documentación contable-.

X

 Veinticuatro horas después de aquel encuentro con la gente del estudio de Fonzo, Nousche y Gagliardi, Chacho es dejado en libertad sin más trámite, y al igual que su detención, sin ninguna explicación, salvo el uso del poder en manos de unos inconscientes; de un poder absoluto que era dueño de las vidas y de las muertes de los argentinos. Un poder ciego e insensible, hijo del odio y la venganza que repartía a diestra y siniestra su mazo; un mazo que fuera puesto a su disposición por el antiperonismo más acérrimo a fin de amedrentar a unos, aniquilar a otros o apropiarse de bienes o vidas ajenas.

La libertad de Jaime y Eduardo ocurrió del mismo modo con dos días de diferencia. Esto provocó un encuentro a la noche siguiente de la excarcelación de estos últimos. Elegimos reunirnos en la parrilla La Estancia ubicada en Elordi y Rolando para festejar y brindar por la libertad, aunque en silencio. Esa noche, nos acompañaba Osvaldo que, ofuscado no paraba de protestar contra los milicos. Jaime y Eduardo, por su parte, narraron sus peripecias sin que se notara otra cosa que no sea la alegría por estar de nuevo juntos y en libertad. No había odio en ninguno ellos, sino amargura por la injusticia vivida. Por ese relato supimos que estuvieron con los ojos vendados todo el tiempo (aunque Jaime alcanzaba a ver algo hacia abajo por estar mal puesto su vendaje) y que habían sufrido el frío de las noches en aquella cancha de paleta en la que estaban recluidos, puesto que no contaban con suficientes frazadas para tantos presos, había poca comida y faltaban camas; Jaime, tal vez a modo de catarsis y frente a sus amigos, quiso describir algunos detalles que aún recuerdo con espanto. Dijo: “-al tercer día, fui conducido a una oficina del cuartel para ser interrogado. Luego de un tiempo de preguntas de todo tipo, mis interrogadores hicieron silencio. Me pareció que caminaban hacia la puerta, pero antes, pude escuchar el clásico tric –trac de las pistolas, haciéndome notar que habían martillado una y que me la dejaban “disponible” sobre algún escritorio. Inmediatamente se retiró el último milico suponiendo que yo aprovecharía el momento para escapar armado. Pero claro, ¡estaba tan cagado de miedo que ni me movi de la silla! Luego de unos minutos volvieron a entrar y me condujeron en un Unimog a algún lugar que supongo estaba próximo a la Estación de Salmonicultura. Allí me bajaron y me tuvieron un tiempo paradito junto al Unimog con las manos atadas a la espalda y la cabeza bien cerca del chasis del vehículo. Mientras pensaba en mi familia, supuse que me fusilaban. Fue entonces que, entre el frío de la noche y el cagaso descomunal, sentí cómo corría por mi pierna derecha un líquido tibio. Me estaba meando encima. Luego, me volvieron a subir y se dirigieron a otro lugar que pude reconocer como Playa Bonita. En ese punto me transbordaron a un coche en el que alcancé a ver a Juan Bolonci con los ojos vendados. Finalmente, entre idas y vueltas, todos terminamos en la Segunda del Centro Cívico. Dos días después, quedamos libres”-.

Cosas parecidas narró también Eduardo.

Aproveché entonces para contarle a todos los detalles de cada cosa vivida durante sus cautiverios. Antes de abordar lo central, los puse al tanto de una “inspección conjunta” a “JM” realizada horas más tarde de mi última visita a la “comisión investigadora”, y que estaba compuesta por personas vestidas de civil que decían cumplir con directivas del departamento de Inspecciones de la Municipalidad. Durante la misma, pude ver cómo los “inspectores” revisaron heladeras, mostradores, estantes y demás espacios en busca de “algo” que sirviera como evidencia para mantener a los socios presos. Obviamente, no encontraron nada. Sólo fiambres cortados en delgadas rebanadas y dispuestas para asociarse con la mayonesa, con alguna que otra hoja de lechuga y el infaltable pan, hasta configurar esos exquisitos sandwiches que distinguían a la confitería “JM”; o botellas de bebidas abiertas y listas para el copeo. Pues bien, todos esos elementos fueron tirados a la basura, puesto que esas “autoridades” procedieron a interrogar, entre otros, al queso y al jamón cocido sobre qué cosa hacían cortados, encimados y escondidos de esa forma tan sospechosa dentro de la heladera. Ante el silencio de los imputados que no supuieron que responder, fueron condenados en juicio sumario a terminar sus días en el basural bajo dos pruebas irrefutables: la primera, “el que calla otorga”; y la segunda, si el jamón transpiraba grasa a pesar del frío de la heladera, “algo habrá hecho”. Lo mismo le pasó al whisky importado y otros licores como la vodka rusa que, por estar en sus envases abiertos, se lo consideró a uno, “insolente libertino” y a la otra, escondedora en función de su origen, de una peligrosa “influencia marxista leninista”, por lo que fueron arrojados furiosamente a la pileta de la cocina. No había dudas, estos milicos libraban una guerra con muchos frentes y los enemigos podían estar ocultos en cualquier lugar. De entre esos personajes tan aplicados en sus tareas correctivas, pude distinguir a uno que pertenecía a Parques Nacionales y que aún hoy vive en la ciudad. En aquel momento, su rostro reflejaba un gozo lascivo mientras cumplía con su labor ejemplificadora. Era sorprendente el febril ahínco que ponía para vaciar cada botella de licor en la pileta. En realidad la verdadera misión de la “inspección” -la segunda en pocos días-, estaba en la misma línea que la de las detenciones: amedrentar, escarmentar, hostigar, torturar a estos peronistas de mierda que osaban tener, de un día para otro, importantes comercios gastronómicos.

Narrado esto a los socios, inicié aquella noche el relato de lo más importante: la recuperación de los libros de la sociedad. Cuando llegué al punto en el que describía cómo le esclarecía al contador Caspani la forma en que se habían pagado los pianos, Chacho largó una carcajada y luego preguntó: -¿Sabés qué pasó con eso?, resulta que en la Alcaidía, unos milicos que habían jugado en Estudiantes conmigo y con los que terminamos amigos, me dijeron que unos pícaros de este puto pueblo, hicieron correr la bola después de ver que el transporte nos entregaba pianos en nuestros domicilios, que los mismos habían sido enviados por el Ministerio de Bienestar Social para diferentes escuelas, una de ellas era la de Pichileufu, -te imaginás, si metés el piano en esa escuela, los chicos quedan afuera-, y que nosotros los muy turros y caraduras, los a-fa-na-mos. Les resultó sencilla la operación, pues muchos picaron” y comenzaron a preparar la hoguera para quemarnos en la Plaza del Centro Cívico. El antiperonismo así funciona muchachos, y les da resultados. Y si no, fíjense lo que le pasó al papá de Pelusa en Jacobacci. ¿Entienden ahora por qué fuimos en cana?… ¡Y menos mal que la cosa quedó ahí!…Pero a todos esos antiperonistas, radicales y milicos traidores, a todos esos envidiosos los esperaré paciente. Todo llega. Espero ser muy longevo para ver cómo los trata la vida a estos señores después de tantas fechorías cometidas, después de tanto odio manifiesto. Ahora muchachos, levantemos las copas y brindemos por nuestra libertad, por nuestros negocios y lo más importante: por nuestras familias. Y que VIVA PERÓN, carajo!…

A modo de epílogo

Años más tarde, y luego de hacerse pública la cantidad de muertes provocadas por la dictadura antiperonista, los socios solían recordar esos días de cautiverio, agradeciendo siempre estar con vida y no haber terminado como muchos compañeros desaparecidos.

El antiguo proverbio que dice que “la Justicia llega tarde, pero llega” pudo verse cumplido en estos últimos tiempos. Sin embargo, esa dilación truncó el deseo de vivirla a dos de los socios desgraciada y tempranamente fallecidos: Néstor “Chacho” Pérez y Eduardo Matuchesky. No obstante, y porque el destino así lo quiso, Jaime tuvo esa posibilidad. Pudo advertir cómo los militares infieles a la Constitución y los civiles que acompañaron, fueron condenados por la Justicia dentro de un sistema democrático y de derecho.

Por lo tanto, es bueno desear que las marcas que quedaron en el alma de estas y tantas otras víctimas como mi tío y sus socios sirvan para dejar bien en claro una cosa: el mal que se hace, bien que se paga.

MIGUEL CONTISSA

BARILOCHE

ENERO DE 2012

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