Miguel Contissa

…uno más de la diáspora peronista…

Esto va pa’ pior…

Posted by Miguel Contissa en agosto 12, 2012


Esto va pa’ pior…

 Faltaba una semana para que llegara el 14 de mayo de 1989 y, entre otras cosas, se cerrara la temporada de pesca de ese año. Como en otras ocasiones, unos días antes habíamos decidido con mi cuñado Bocha hacer una pasadita por el río Collón Cura a sabiendas que sería la última oportunidad para capturar alguna pieza interesante y, especialmente, porque estábamos al tanto del avance de la obra de la represa Piedra del Águila que pronto anegaría por completo y definitivamente toda aquella zona próxima a los ríos Limay y Collón Cura.

Ese sábado el clima no era del todo favorable. Algunas nubes y algo de viento fresco amenazaban con arruinarnos la tarde de pesca. A las diez y media ya habíamos pasado con la camioneta Silverado el puente del Collon Cura y sólo faltaban tres kilómetros para alcanzar la tranquera que nos permitía tomar el camino hacia el río, aguas más abajo. De allí en adelante, unir ese punto con el recorrido serpenteante del Collon Cura, no sería sencillo. Significaba transitar por un camino difícil, semejante a una huella de carretas. En algunos veranos, solía estar atravesado por zanjas de distintos anchos y profundidad que labraba el agua cuando se dirigía cuesta abajo luego de alguna lluvia copiosa típica de la época estival. Desde la tranquera que lindaba con la ruta 237 hasta el río, habría unos cuatro kilómetros durante los cuales era común avistar choiques, zorros, peludos, guanacos y por supuesto parte del rebaño de ovejas de la estancia. Ese trecho era un canto a la naturaleza patagónica que siempre disfrutábamos mucho, pues al estar alejado lo suficiente de la “civilización”, se convertía en un ambiente casi puro, próximo a lo perfecto, lo impoluto… si no fuese por la presencia de un puesto, un simple y solitario puesto de la estancia.

Casi en la mitad del trayecto, el camino dejaba de ser sinuoso y en bajada, para atravesar una planicie de casi ochocientos metros. Llegar hasta ese sitio resultaba todo un alivio, pues era más transitable para la camioneta y cómodo para nosotros que dejábamos de sacudirnos dentro de la cabina. Inmediatamente y sobre el final de esa pequeña meseta, se podía ver el puesto de la estancia. Antes de llegar a él, era preciso abrir una nueva tranquera y, luego de pasar, volver a cerrarla como es de costumbre en el campo. Desde allí se contemplaba sin obstáculos todo ese escenario típicamente patagónico. En medio de la ondulada inmensidad, estaba la casa flanqueada por un par de álamos ya añejos. Alrededor de ella y por kilómetros, sólo se veían coirones, barba de chivo, neneo, zampa y toda aquella vegetación esteparia que caracteriza a la región, lo que transformaba a esa casa en una simple señal de existencia, un hito, un mojón que alertaba a cualquiera sobre el paso del hombre.

Paramos la camioneta a unos veinticinco metros del puesto. Bajamos y con nuestro presente en la mano nos dirigimos al encuentro del puestero para que autorice nuestra visita al lugar. Ese era un paso ritual ineludible. Dos galgos y un ovejero nos ladraban desde que nos acercamos a la tranquera. Luego de golpear las manos, apareció un hombre y se paró en el umbral de la puerta de la casa que estaba abierta. Se lo veía alto, delgado, con su camisa blanca arremangada hasta los codos y bombacha negra sujeta a la cintura por una faja con dibujos pampa en colores rojo y blanco. Sus alpargatas negras ya estaban pidiendo un cambio. Al notar su presencia, Bocha se adelanta con la damajuana en la mano y pregunta por Don Calfín.

-No está más-, contestó secamente el hombre.

En ese instante, y por el tono con que fuimos recibidos, sospeché con desazón que no lograríamos entrar. -¡Que viaje al pedo!-, pensé.

-¡Pero, qué macana!- dijo Bocha con tono insistente. Nosotros siempre venimos desde Bariloche a este lugar para hacer unos tiritos y pescar algo en el río… y él sabe que no hacemos problemas. Somos gente tranquila y cuidadosa…

-Sí, pero Calfín no está más-, ratificó agriamente como para hacer notar que ahora era él quien mandaba y que no estaba dispuesto a cambiar de opinión. Entonces, al verlo ahí parado y apoyado con su hombro derecho sobre el marco de la puerta, tan seguro de sí mismo y dispuesto a cumplir con su rol de cancerbero, se me ocurrió algo que generalmente no me falla en situaciones similares.

-Dígame, ¿Usted no es de Jacobacci?, le pregunté mientras me acercaba. Fue suficiente. De inmediato se le iluminó ese rostro ovalado y de piel oscura para contestar casi con alegría: -¡Sí!… ¿Cómo lo sabe?-

-Porque yo soy de allí. Y me parece que su apellido es…

-Eukel,  soy Juan Eukel-, dijo rápidamente el hombre.

-!Ya me parecía!, creo haberlo visto por allá-, le dije estirando la mano para saludarlo y estrechar la suya.

-Puede ser, pero… hace tiempo que no visito el pueglo ni veo a mi gente, pero pasen, pasen y dentren pal’ rancho-, dijo cortésmente y dejando atrás aquella postura tan severa que había tenido al comienzo. Bocha no lo podía creer y me lo hacía notar con su mirada mientras festejaba sonriendo mi ocurrencia. Al verlo de cerca no dudé, estábamos en presencia de un hombre que pertenece a una etnia antiquísima de la patagonia, ante un verdadero y puro tehuelche. Sus ojos achinados, vivaces y penetrantes; su tez oscura con pómulos y mentón redondos; su cabello lacio, bien tupido y renegrido como la noche más oscura; su metro ochenta de altura con espaldas bien anchas, no podían inducir a error.

Entramos a la casa que estaba construida de material y de un solo ambiente. En el centro y contra la pared opuesta a la puerta, estaba la cocina de hierro que funcionaba con leña y sobre la cual hervía mansamente un poco de agua dentro de una olla tiznada. A un costado, una pila de ramas de arbustos de diverso grosos y prolijamente cortadas y apiladas esperaban su turno para entrar al fogón. Un viejo y gastado mantel verde de hule cubría la mesa que ocupaba el centro del ambiente rodeada por seis sillas y un banco de madera cubierto por cueros de chivo. Había una sola ventana y daba al Este. El catre, cubierto con cueros de oveja, guanaco y frazadas estaba orientado con la cabecera al norte. Ya adentro, un fuerte y penetrante olor saturaba el ambiente abrazándonos inmediatamente. Sin temor, se podía afirmar que ese día, o la noche anterior Eukel había comido capón al horno. Sí. El aroma de su cocción había impregnado la habitación por completo y parecía decidido a permanecer por algunos días más. Tomamos asiento por invitación de Eukel quien de inmediato y sin consultar, comenzó a “ensillar” el mate. Entendía que la ocasión lo merecía, por lo tanto no era cuestión de andar amarreteando cuando, entre otras cosas, llegan visitas que según parece, lo reconocían de otros lugares. Bocha estaba impaciente por ir a pescar, pero yo disfrutaba esa escena que se produjo casi por accidente. Fue entonces que la curiosidad me hizo sentir la necesidad irrefrenable de saber más de ese personaje que habitaba solo este espacio patagónico; que tenía para sí y en exclusiva esa inmensidad incomparable. Por fin la pava “chilló” anunciando su punto exacto y Eukel se sentó sonriendo alrededor de la mesa con nosotros.

-Dígame Don Juan, ¿cuánto hace que está aquí?-, le pregunté como para iniciar la conversación.

-N’este puesto hace doj mese. N’ la Estancia hace… y uno veinticinco año… sí, máj o meno eso, veinticinco.

-Su apellido, Eukel, ¿qué significa en su lengua?-, le pregunté.

-Quiere decir “águila pequeña”, “aguilucho”-.

-¡Pero, mire qué bien!… ¿Y cuántos años tiene?, porque que yo recuerde usted…

-Tengo sesenta y cinco este año… sí, sesenta y cinco… Pero claro, endenante no trabajaba en la estancia, no. Endenante anduve de arriero, un poco; otro poco estuve en Mamuel Choique; endejpué me vine de nuevo pal norte y así… un poco en cada lao nomáj… Nací en Jacobacci, eso sí…

-¿Y usted es tehuelche o mapuche?-, le pregunté mientras sentía la mirada de Bocha que me quemaba.

-¡No!… yo mapuche no soy, que viá ser… Soy tehuelche. Sí. Soy tehuelche… biznieto del cacique Gautpaan . Sí. Endenantes, mis “keu ken”…

-Supongo que querrá decir ancestros o antepasados-…

-Sí, eso. Ellos todos, recorrían estos pagos… tuita la patagonia era pa’  ellos…la recorrían a su antojo hasta que en algún momento comenzaron a llegar los araucanos del otro lao de la “yeuternk”…

-¿qué es eso?-, pregunté.

-La cordillera… y bué… la cosa se fue mezclando, claro. Endejpué vino el “eorrenk”, con sus fusilej… y ahí noj jodimo… A lo meno así contaba mi aguelo, hijo ‘e Gautpaan . No si… la pasamo jodida, sí…

-Me imagino que usted se refiere a la llegada de los blancos…

-Si. El hombre blanco con la milicada…

-¿Qué significa en castellano el nombre de su bisabuelo, don Juan?-

-Gautpaan quiere decir… algo así como cuando gomita fuego un cerro en la cordillera, vio?…

-Una erupción volcánica-, acoté

-Si. Eso. Porque cuando eso pasa, tiembla la tierra, vió?… y decía mi aguelo que cuando su pagre se ‘nojaba hacía temblar la tierra-, dijo Eukel sonriendo, cosa que permitió ver su inmejorable dentadura.

-¿Fue a la escuela Don Juan?-, le preguntó Bocha mientras le devolvía el mate para seguir la rueda.

-Sí. En Jacobacci juí. Pero no duró mucho, porque tuvimo que dejar la ‘stancia y noj mudamo al Neuquén… sí, también anduve por Neuquén… Pero la cosa no andaba, así que…

Creo que fue en ese mismo instante, como consecuencia del alejamiento de una nube que tapaba el sol restándonos luz, que noté más arrugas en su cara que al principio. La conversación parecía estancarse debido al silencio en que había entrado Eukel. Con Bocha, y sin proponérnoslo, acompañábamos ese tiempo también sin hablar, pues el hombre estaba ensimismado recorriendo sus recuerdos y no era prudente atropellarlo o sacarlo con nimiedades. Quien sabe… tal vez pensaba en su tiempo de niño correteando con sus amigos tras algún peludo… o cuando era joven y montó por primera vez aquel caballo zaino que le habían regalado… o tal vez estaba viendo a sus hijos cuando aún eran chicos y jugaban alrededor de la casa… De pronto, un ruido que vino de afuera y que parecía el chillido de un chimango lo devolvió a la conversación.

-En Neuquén jué que tuve esposa-, dijo mientras me acercaba el mate.

-Si. Con la Zunilda tuvimo doj hijo… ya deben estar grandej ahora… quién sabe por ‘ónde estarán… del mayor, Nahuel supe que estuvo trabajando ne’l Bolsón hace un par de añoj, pero n’estos tiempoj… de Nicanor me trajeron noticia que está en Rio Gallego, sí…

Hizo silencio nuevamente. Miraba el mate mientras lo llenaba muy lentamente con un chorro finito y a distancia. Al caer el agua dentro del mate, podía escucharse el ruido al encontrarse con la yerba. Estiró la mano y convidó a Bocha que ya no aguantaba la languidez de la conversación. Fue entonces que, a sabiendas que le tocaba alguna fibra sensible, le preguntó sin más formalidad:

-¿Y Zunilda, don Juan?

-Se me jué el año pasao-, contestó rápídamente. A veces me parece verla en la estrella más brillante que tiene la “Choiols”… o Cruj del Sur como también le dicen…

-Bueno don Juan-, le acoté. Eso no se puede evitar. Así es la vida. Ahora hay que seguir trabajando. Es más, habrá visto que pronto estaremos de “votaciones”, así que…

-Si, sí votaciones, votaciones… pero la cosa ahora está jodida…¡fíjese cuánto aumentan los “vicios”!… ¿y l’ harina?…

-Es cierto don Juan-, comentó Bocha. Las cosas están aumentando mucho…

-Sí… y aquí n’el campo maj o meno la pasamo… tenemo algún guevito… alguna que otra gallina… alguna liegre que se engancha con el guachi… de vej en cuando algún capón… y ahí vamo tirando!… pero n’el pueglo!… ah sí que n’el pueglo sí que ejtán jodido!… ahí no tienen lo que yo tengo!… y así andan esa gente… peludiando… pidiendo emprestao… o que loj político loj ayuden… ej trijte esa vida… no, no, yo no quiero esa vida…

Bocha, que había terminado el mate, en lugar de dárselo a Eukel me lo pasó a mi con la intención de que reparara en su mirada. Sintiéndola, lo tomé sin atenderlo pues imaginaba cuál era el mensaje que me estaba dando y que no quería decir otra cosa que ¡“vamos a pescar de una vez”!.

Le transferí el mate a Eukel para que le pusiera agua ignorando la impaciencia de mi cuñado. Quería saber más de este hombre que había expresado de modo sencillo las consecuencias de la urbanización a gran escala. Esto que en las ciudades lo analizan en diferentes ámbitos que van desde el político al académico. Esto que es la cruel consecuencia del sistema capitalista y que este tehuelche perdido en semejante inmensidad lo sintetizaba en cuatro palabras cargadas de sincera objetividad, pero a la vez de hondo e implacable pesimismo.

-Dígame don Juan, es cierto que las cosas están difíciles en estos momentos, pero a partir de las próximas elecciones de la semana que viene y si tenemos en cuenta que Menem es el seguro candidato a ganarlas, es fácil deducir que a partir de entonces las cosas mejorarán, ¿no?… recuerde que “el turco” está prometiendo un “salariazo” y reabrir en los pueblos y ciudades todas las fábricas que el radicalismo cerró por lo inútiles que son!… ¡va a haber trabajo para todos, don Eukel!…

-Si, si, si, eso es cierto… pero no vaya a creer-, respondió lacónicamente e imitando, sin proponérselo, a Heráclito y sus oxímoros.

-Pero don Eukel, ¿usted cree que podemos estar peor que en este momento?-

-Ansina ej, respondió rápido como un latigazo para luego hacer un breve silencio que le servía para ordenar las ideas y no mostrarse agresivo con su insistencia.

-Mire don-, dijo mientras me miraba fijamente a los ojos, usté e’joven entoavía, pero tiene que saberlo porque está en el pueglo y endemáj tiene pinta de dotor… Escuche lo que le digo porque usté jué a la ejcuela y debería saberlo. Como decía el pagre de mi pagre, el gran Gautpaan… y entonce, como le llegó a él, así llegó hasta mí… le digo que… ¿la cosa?… la cosa va pa’ pior… ¡Siempre fue pa pior!…

No respondí y me quedé pensando mientras miraba el piso. Bocha se paró y se dirigió a la puerta para parase bajo el dintel con aires de perder la paciencia.

-Dale Pelusa, dale que se nos van las truchitas y tenemos que volver temprano porque sabés que ahora oscurece antes-.

Me puse de pié y miré cada rincón de la casa mientras trataba de saber, de adivinar cuál era el medio, con qué recursos este tehuelche, en medio de tanta soledad tenía tal convencimiento sobre el resultado futuro del país. No puede ser, -me decía-, este tipo… ¿sabrá algo que nosotros no sabemos y se hace el boludo?… Si bien es cierto que muchos en la ciudad repiten los versos de don Juan Manrique cuando decía que “todo tiempo pasado fue mejor”, éste no creo que pertenezca a ese coro…

Observaba con atención y nada. No había diarios ni revistas, básicamente aquellas especializadas o, al menos, de las comunes en los que los “gurúes económicos” famosos suelen hacer sus predicciones que, por supuesto, jamás se cumplen; obviamente, tampoco había televisión. Su único receptor de noticias era una radio “Tonomac” a pilas que tenía a un lado del catre. Para peor, estaban desparramadas por el piso y sulfatadas. Llegué a la puerta. Me despedí apretando su huesuda mano y agradeciendo su generosa hospitalidad,  prometiendo volver a conversar en la próxima temporada.

Minutos más tarde, ya en el río, Bocha fue como de costumbre el primero en sacar una trucha…

Si le damos una mirada retrospectiva a todas las vicisitudes que tuvimos como país; si se observa cuál es el presente que nos entregan los sistemas económicos y políticos en el mundo, la cosmovisión de Eukel que a partir de sus vivencias quiere ser profética, seguramente será un buen insumo para economistas, sociólogos, filósofos y políticos.

Hoy, con más de una década transcurrida del siglo veintiuno; habiendo dejado atrás aquel año 1989 y “con tanta agua que pasó por debajo del nuevo puente del Collon Cura”, esa frase, con fuerte tono de sentencia aún me sigue dando vueltas por la cabeza: “esto va pa’ pior. Siempre jue pa’ pior”…

Bariloche, julio de 2012

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