Miguel Contissa

…uno más de la diáspora peronista…

Sapos y Roscas

Posted by Miguel Contissa en agosto 16, 2012


Por Miguel Contissa

Hansy era mayor que el resto de los chicos del barrio. Hijo de alemanes llegados a la Argentina después de terminada la guerra, aún conservaba en aquellos años ’60 todas las costumbres germanas intactas. Tipo disciplinado; ordenado en su modesto vestir; estricto en sus relaciones con nosotros, especialmente cuando jugábamos a la bolita o a las “figu”. No toleraba excepciones a ninguna regla y estaba siempre atento a nuestras trampas que disfrutábamos hacerle. Por diferenciarnos en edad, en ocasiones solía cumplir el rol de “hermano mayor”, lo que significaba que sobre nosotros siempre estaba su atenta mirada para que nada peligroso nos sucediese. Obviamente, todo el piberío del barrio sentía una sensación contradictoria. Por un lado, su vigilancia y asistencia nos brindaba seguridad; por otro, molestaba su intromisión en cosas que considerábamos con derecho a realizar por nuestra cuenta. Pero el “alemán” era así de duro y no cabían pretextos ni justificaciones a la hora de hacer valer nuestra voluntad, por lo que sólo cabía “tragarse el sapo” y obedecer hasta que nuestros deseos cuenten con su aprobación.

Aquel 24 de diciembre de 1965 había llegado con mucha expectativa. Nuestros hermanos menores esperaban la bajada de Papá Noel con sus ciervos para esa noche. Nuestros viejos preparaban abundantes y sabrosas mesas para festejar el nacimiento del Niño Jesús. Por la tarde de ese día, e incluso desde algunos previos, el vecindario escuchaba esporádicas y sorpresivas explosiones de petardos, cohetes y demás artículos de pirotecnia. Era la manera popular de demostrar alegría por aquellos años.  Algunos pibes, los más osados e innovadores, solían utilizar la tapita de la Coca Cola para agregarle la pólvora de uno o dos cohetes. El procedimiento continuaba con un cierre tipo “repulgue” sobre el corcho que traía la tapa para que la pólvora no se desparramara y quedara apretada. Alcanzado este objetivo, se ponía la tapita sobre el piso y luego le tirábamos grandes piedras para que explotara.  Otro método para hacer ruido “artesanalmente”, consistía en algo más peligroso: meter en los hilos de la rosca de un gran tornillo con su tuerca, toda la pólvora posible. De esto se ocupaba exclusivamente “el alemán”, que siempre nos decía que este procedimiento era muy peligroso, pues esto de “las roscas”, especialmente si son “finas”, deben tratarse con especial cuidado y eso no es para cualquiera. Claro, “cualquiera” éramos nosotros, y el tipo cuidadoso era él. No había espacio ni cabían discusiones, pues con él éramos “verticalistas”. Recuerdo que esa tarde, sentados en el cordón de la vereda y bajo la sombra de un paraíso, con el gallego Abel y Carlitos Orfano habíamos planeado rellenar con pólvora unos tornillos de tres pulgadas de largo por una de espesor que habíamos conseguido en un taller cercano. Sabíamos de la técnica para hacer el trabajo y, además, nos sentíamos con coraje. Bien, no sé cómo se enteró Hansy que estábamos pergeñando ese plan; la cuestión fue que se presentó y nos dio un tremendo sermón.

-¿Qué piensan hacer?… ¿No se dan cuenta que estas cosas requieren experiencia?… ¿Qué saben ustedes de “roscas finas” como es ésta, de tornillos, de pólvora?… ¡Dejen que eso lo haga quien sabe, pues si pasa algo me voy a sentir responsable por ser el mayor del barrio!-, nos dijo gritándonos. Nos miramos con el gallego y Carlitos e inmediatamente sentimos culpa, luego bronca y por último decepción. Una vez más este “alemán” de mierda nos mandonea, -nos decíamos con la mirada-. No obstante, por respeto al hermano mayor putativo, decidimos “tragarnos una vez más el sapo” y dejar que el relleno de aquellos tornillos lo haga “quien sabía de roscas finas”.

-Está bien, dijo Abel. Dale vos Hansy que sabés.  Rellená este tornillo que conseguimos con Pelusa. Eso sí, cuando esté listo, lo tiramos para arriba nosotros-.

-Así será. Ahora dame ese tornillo-, dijo el “alemán” con cara de tipo serio.  Mientras tanto nosotros, por el miedo que nos había infundido, nos alejamos tres o cuatro pasos sin quitarle la mirada a sus manos que, lenta y suavemente hacían girar la tuerca sobre el tornillo a la vez que agregaba pólvora en las estrías. No era la primera vez que lo observábamos y siempre había tenido éxito. Sin embargo, y vaya a saberse por cuál razón, de pronto vimos explotar el tornillo a escasos centímetros de la cara de Hansy…

Todavía hoy, cuarenta y siete años después, sigo escuchando los gritos y lamentos de aquel muchacho.  El accidente, además de sumir a todo el piberío en una profunda consternación,  le costó a quien decía ser todo un “especialista en trabajar con roscas finas” y en “hacernos tragar sapos”,  tres dedos de su mano izquierda y su ojo derecho…

¿Moraleja?… ¿”comparancias” diría el paisano?…  haga usted las que quiera. Los tiempos políticos que vivimos en la provincia lo permiten.

Bariloche, 16 de agosto de 2012

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2 comentarios to “Sapos y Roscas”

  1. NEGRO said

    Y si… el negocio de las roscas a veces terminan asi ! costando un ojo de la CARA !!

  2. NEGRO said

    PERO MUY BUENO LO TUYO Y GRACIAS POR PARTICIPARME

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