Miguel Contissa

…uno más de la diáspora peronista…

La postal modificada

Posted by Miguel Contissa en febrero 1, 2013


Por Miguel Contissa

 Hace algún tiempo, y especialmente a partir de la crisis fenomenal generada por el modelo económico impuesto por el gobierno de Menem y continuado luego por el de la Alianza de radicales, conservadores y Frente Grande con De la Rúa y Álvarez, la situación social de Bariloche fue adquiriendo un complejo cuadro de situación cuya resolución no parece sencilla ni rápida.

Cabe una pregunta, tal vez, disparadora del debate que nos merecemos: ¿Es Bariloche la que genera en su devenir un efecto no deseado y que se plasma en su “otra cara”, “la otra postal”, la cara pobre?

Existen diferentes diagnósticos dentro del Consejo de Planeamiento Estratégico de la ciudad que ponen de relieve aspectos que lastiman cualquier alma sensible. Todos coinciden en el desempleo estructural; en la falta de atención médica básica; deserción escolar; falta de viviendas dignas y de infraestructura como redes de agua, cloacas, luz, gas;  niños abandonados por sus padres; drogadicción; delitos mayores y menores, etc.  En general,  coinciden también en ubicar geográficamente estas carencias en lo que vulgarmente se conoce como “el Alto”, lugar en el que se radicó un importante número de nuevos barilochenses que emigraron de sus lugares de origen por falta de un horizonte aceptable.

Por eso cabe la pregunta del comienzo: ¿Es la ciudad misma la que arroja como efecto no deseado de su actividad socioeconómica estos resultados injustos?

Si así fuese,  ¿el Municipio, como generador de políticas en pos del bien común, cuenta con herramientas macro económicas como para dar respuesta a estos problemas y revertirlos?  Y si lo lograse, ¿cuál debería ser camino a recorrer para no replicar recurrentemente este escenario?

 

HISTORIA: de ayer a hoy.

Tal vez no sea preciso recorrer minuciosamente la línea histórica de la ciudad. En general, muchos la conocen, más allá de las últimas distorsiones que intentan instalar algunas minorías que buscan otra cosa. Es sabido que Bariloche nació y se desarrolló en gran medida, teniendo como vínculo social y económico al sur de Chile.  La sociedad estaba compuesta en aquel entonces por criollos argentinos, por centro europeos llegados luego de la primera guerra y por criollos chilenos que habían venido de ese país a finales de siglo a trabajar en tareas rurales. Con los años, una nueva oleada de inmigrantes europeos refuerza el número de éstos dentro de la actividad global, como también el ingreso de argentinos de distintas ciudades del país. Los años 70’ sirvieron para consolidar el perfil turístico que iba ganando frente a otros centros, especialmente invernales. Con un crecimiento pausado, pero constante, llegó Bariloche al censo de 1980 que determinó su número de habitantes: cincuenta y un mil (51.000).  Era la época de casas sin rejas, puertas de casas sin llave y todo aquello que caracteriza a una sociedad “tranquila”.

No obstante la recesión que vivía el país en esos años, la ciudad no tenía prácticamente desocupación. Tanto era así, que los empresarios hoteleros gastronómicos debían convocar a trabajadores gastronómicos de otros centros turísticos por la falta de recursos humanos locales; la mano de obra para la construcción era, en general, de origen chileno. Lo que hoy se reconoce como “el Alto”, es decir la Pampa de Huenuleo, prácticamente no existía como centro urbano poblado. El casco urbano terminaba hacia el sur en Alte. Brown y la demanda de lotes para viviendas populares se satisfacía a través del loteo “El Frutillar”, al que tenían acceso los inmigrantes chilenos o argentinos mediante compra del lote en cuotas.

Sobre la mitad de los años 80’ la ciudad recibe, intempestivamente y sin proponérselo, una importante oleada migratoria de distinto origen. Chile será en ese momento, el principal proveedor de personas sin trabajo que buscaban otro destino diferente. Su inclusión y radicación en la ciudad se ve favorecida por políticas nacionales de inmigración que buscaban distender los resabios del conflicto del 82’.  A ellos se suman argentinos que comenzaban a emigrar de las grandes urbes tras la imagen idealizada de una vida en contacto con la naturaleza rodeada de lagos, montañas y bosques. Se establecieron, por lo general, en la zona oeste de la ciudad.

Llegó el censo del año 1991 que informó sobre la existencia de 93.000 personas, es decir, casi un 95% más que diez años antes, lo que daba un promedio anual de crecimiento del 8,6%.

También llegó el ajuste estructural impuesto por el Consenso de Whasington a través de Menem y todo comenzó a desmoronarse para la ciudad.

En el interin, grandes barrios populares fueron construidos con fondos aportados por créditos internacionales a través de la provincia de Río Negro. Su localización se dio también en “el Alto” con viviendas diseñadas en Viedma que fueron ocupadas por, en algún caso, viejos barilochenses sin vivienda propia; en otros, por los recién llegados que comenzaban a deambular por la ciudad en busca de trabajo seguro y constante. El origen de estos últimos era la “Línea Sur” y otras zonas de la provincia que llegaron con la esperanza de encontrar mayores recursos que garantizaran la subsistencia. Sin mayores exigencias iniciales, se conformaban con encontrar luz, tal vez gas o leña, alguna “changa” y un espacio en algún lote de parientes o amigos para armar un “rancho” que no será muy diferente de aquel que dejaron atrás.

A partir de 1991 todo esfuerzo gubernamental para satisfacer demandas sociales era infructuoso, iba a la zaga de la demanda social, pues el número de nuevos residentes sin trabajo ni vivienda aumentaba incesantemente ante la mirada atónita de los “viejos barilochenses”. Para colmo, llegaban con escasa o nula experiencia laboral urbana, pues habían emigrado, reitero, por la falta de horizonte o apoyo estatal en todos los pueblos de la región al que pertenecían. Luego, y con ese mismo perfil social se sumaron otros argentinos de diferentes puntos del país a los que se agregaron de otros países limítrofes del norte argentino. Fue así entonces que la situación social en los barrios populares del “Alto” recientemente constituidos llegaba al límite de lo imaginado apenas diez años antes. Entra en crisis, como consecuencia lógica, el sistema de salud; el sistema de transporte y otros servicios básicos como agua en red y cloacas; faltan escuelas y la seguridad es insuficiente.

El 2001, año en que cayeron las Torres Gemelas y el modelo neoliberal impuesto a nuestro país,  encontró a Bariloche con ciento ocho mil habitantes (108.000). Es decir, un 16% más que en el año 2001 y un 112% con relación al año ochenta. Podemos concluir que Bariloche es, junto a Toluca (México) y Santa Cruz de la Sierra (Bolivia) una de las de mayor crecimiento poblacional anual: (4,2% para Toluca; 3,9% para Santa Cruz y 3,7% para Bariloche).

Este fenomenal crecimiento poblacional, no tuvo su correlato ni siquiera aproximado en la oferta laboral. Por esa razón también ese año fue sorprendido por  una desocupación estructural que igualaba o superaba con holgura a otros ciudades del país como Rosario, Córdoba o Buenos Aires.  La localización de ese numeroso grupo social desocupado, como ya dijimos, se daba especialmente en la zona del “Alto”.

Este es el momento en que para algunos (tal vez desprevenidos) “aparece” la “otra cara de la postal”, la “Bariloche olvidada”; “los excluidos del sistema local”. Ciertos cronistas con escasa permanencia y menos conocimiento de la historia de la ciudad, en su intento por describir  “profesionalmente” para los medios la realidad, descubrieron entre otras cosas que “en el Alto hace mucho frío”.  Es el momento en que todos los partidos políticos comienzan a medrar con esa miseria. Lo hacen a través de prebendas concretas o promesas de futuras revoluciones justicieras, pues dentro de ese discurso ideológico confrontativo“había que hacer algo” por “los desocupados”. Desde nación, habida cuenta que el problema ocupacional revestía carácter macro, se pensó como salida de emergencia a partir del 2002 la implementación de los “planes”.  Lamentablemente fueron digitados por punteros políticos  que desmovilizaron al antiguo trabajador quitándoles autonomía o convirtiendo la cultura laboral en un intercambio de favores. Apareció en la sociedad una nueva categoría de trabajador: el “yo trabajo de plan”, y junto a él, la pérdida del oficio y el concepto de esfuerzo propio, de dignidad. Así, y por falta de un serio control estatal, familias enteras fueron beneficiadas por diferentes tipos de asistencia social que bajaban de provincia o nación y sobre los que no se realizaba la necesaria y justa contraprestación. La ciudad pareció vivir en esos años una tensa calma. Pero ciertamente, no todo estaba bajo control, puesto que por un costado y sigilosamente, hacía tiempo se venía colando la droga, el alcohol y el delito cada vez más desfachatado y violento para hacer estragos en el lugar más vulnerable que existía: la juventud de los barrios populares. Juventud que en aquel entonces y aún hoy apenas si concurre al colegio para educarse; que no vislumbra un mínimo horizonte ni tiene modelos en que referenciarse, pues lo que se muestra a través de los medios masivos de comunicación es verdaderamente decepcionante; por otro lado,  si tiene voluntad para trabajar, deberá esforzarse para brindar una experiencia que no pudo adquirir y que se le reclama como condición básica. Quiere ser útil, pero ¿cómo?. La realidad del mercado laboral abofetea a los de poca o nula experiencia. Entonces se cierra; se aísla y se convierte en presa fácil de aquellos discursos justicieros o de los otros que lo invitan a la evasión a través del camino que lo lleva al final del túnel: la droga, que se le aparece fácil. Es un lumpen.

HISTORIA: de hoy a mañana

Algunos dicen que la historia es también lo de hoy y que, por lo tanto, es posible incluir el minuto siguiente, lo próximo, el mañana.

Si no hubiésemos contado con una mínima referencia sobre el pasado “reciente” de la ciudad, se podría afirmar como en estos días lo hace el ministro de Desarrollo Social Paillalef, que “en Bariloche hay una crisis ocupacional”, poniendo de esta forma “el carro delante del caballo”.

Por el contrario, la“crisis” de la ciudad tiene su origen en un crecimiento poblacional desmesurado (con característica de “invasión”, dijo un amigo)  que parece haber llegado para no retirarse y que demanda insistentemente lo que la ciudad no le puede dar por diferentes y múltiples razones: trabajo, educación, salud y vivienda. No lo hará, no porque le falte voluntad a sus gobiernos o por supuestas posturas discriminatorias, egoístas o xenófobas de la dirigencia como intentan instalar algunos trasnochados con mala intención. Será porque, no obstante su atractiva belleza, sencillamente no tiene cómo generar puestos de trabajo productivo para ese sector social que fuera la principal víctima del neoliberalismo. El sueño del polo industrial y otras actividades alternativas al monocultivo turístico que la caracteriza, sólo demandará mano de obra calificada que la ciudad no tiene y que, paradojalmente deberá importar, pues el segmento social desocupado no está capacitado para esas tareas. Así de cruda e hiriente es la realidad.

Lamentablemente la relación entre el PBI de Bariloche y la cantidad de habitantes que puede albergar la ciudad, es una ecuación “aristotélica” durísima, pero insoslayable si se quiere planificar su futuro para que ofrezca a sus habitantes una vida digna y confortable. Ignorarla es incurrir en la estúpida demagogia que nos lleva al 21/12/12. Salvo que desde la política y algunas ONG’s que “hacen política” desde la “antipolítica”,  se quiera seguir haciendo creer “que los chanchos vuelan”.

Por ello me hago una pregunta odiosa, esa que nadie quiere hacer por temor a ser denostado, esa que no es “políticamente correcta”: ¿qué puede pasarle a la ciudad en todos y cada uno de los ámbitos si, sin que se aumente su PBI sustancialmente, continúan instalándose sin solución de continuidad nuevos inmigrantes desocupados y sus familias, estén éstos manipulados por grupos políticos o no, con o sin “tarjeta de débito” de algún Plan,  sin vivienda,  sanos o enfermos, instruidos o no, sean nacionales o extranjeros?

Preguntas finales

Si la razón de esos nuevos barilochenses para abandonar el lugar de origen fue la falta de trabajo, queda por preguntar cuál es la razón por la que no aplican hoy el mismo criterio en busca de nuevas alternativas laborales en otras zonas de la república. ¿Qué cosa los atrae y luego los ata a esta ciudad que no solo los castiga con lo inclemente del clima sino que tampoco les puede dar las respuestas que le exigen? Por otro lado, ¿se puede pensar en una “política municipal migratoria”sin que se violenten derechos constitucionales? ¿Se pueden lograr “acuerdos” inter institucionales a nivel región para evitar que se abandonen otros pueblos  o para repatriar  a aquellos que se vieron obligadas a abandonar su terruño para subsistir?  Alguien me dijo que ya era tarde. ¿Y entonces?…  “De un cordero solo comen doce personas”, dijo mi amigo Roberto…

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